JAPÓN, PASCUA Y EL CAMBIO CLIMÁTICO

Japón y Pascua son dos islas que tuvieron historias humanas contrapuestas. La Isla de Pascua es un remoto atractivo turístico que desafía la imaginación de los visitantes con gigantescas esculturas de piedra que parecen erigidas de la nada. El Japón es uno de los países más densamente poblados del planeta y una verdadera potencia industrial y tecnológica. Representan dos extremos, pero hubo un momento de su historia en que tuvieron similitudes. En ambas se desarrollaron civilizaciones tempranas que florecieron relativamente aisladas de contacto con el mundo exterior. Mientras la de Pascua colapsó al agotar sus bosques, la del Japón logró evitar un colapso que parecía inminente, y no solamente recuperó sino que conquistó el éxito.

Estos dos casos son parte del análisis que presenta Jared Diamond en su libro “Colapso”, dedicado a estudiar “Cómo las sociedades eligen el fracaso o el éxito”. El libro se publicó el año 2005 y representa un verdadero compendio de los últimos conocimientos acerca del colapso de civilizaciones cuyos vestigios desafiaron la imaginación de los científicos por muchos años. Los mayas, la cultura Anasazi, la colonia vikinga en Groenlandia son algunos de los casos antiguos analizados por Diamond. Con el mismo rigor, el renombrado biólogo también pasa revista a casos más recientes, como los de Ruanda, China y Australia, para aprender qué se hizo mal y qué puede hacerse mejor en el manejo social y económico de los recursos naturales.

Además de las fascinantes historias de la relación de las sociedades con su medio ambiente, el libro describe con gran claridad y sencillez las sofisticadas tecnologías que se emplean ahora para obtener los datos que permiten reconstruir lo sucedido hace cientos o miles de años, combinando métodos de la arqueología, la biología, y la antropología, con la aplicación de las más avanzadas tecnologías informáticas en el estudio de imágenes satélite y análisis microscópicos y moleculares.

La Isla de Pascua es uno de los lugares más remotos del mundo. Toma cinco horas el viaje en avión desde Chile y debe haber sido toda una proeza la navegación que llevó a los polinesios a ocuparla y colonizarla unos 3 o 4 siglos antes de la era cristiana.

Cuando los europeos llegaron a la isla, a fines del siglo 18, encontraron en ella a pocos habitantes viviendo en un grado extremo de miseria. El Capitán Cook describió a los isleños en 1774 como “pequeños, flacos, tímidos y miserables”. Sus cultivos eran muy pobres y había una muy limitada variedad de plantas y animales. Prácticamente no había árboles y los que se encontraron eran pequeños. Lo que siempre sorprendió en la isla fueron los casi 900 moai encontrados, esas gigantescas esculturas de piedra que todavía sorprenden, algunas de 10 metros de altura y de 70 toneladas de peso.

Los últimos hallazgos muestran que la isla llegó a tener más de 15 mil habitantes y que estuvo alguna vez cubierta de bosques, con árboles suficientemente grandes como para proporcionar la base de las enormes canoas que usaban los polinesios para sus viajes oceánicos, así como los materiales necesarios para transportar y levantar las esculturas de piedra. Pero hacia el año 1300 la vegetación boscosa había sido prácticamente agotada y con ella desaparecieron muchas variedades de plantas y animales, definiendo el carácter semidesértico que hoy tiene la isla.

La causa principal de la deforestación fue la competencia entre los jefes tribales para resaltar su poder y ganar prestigio levantando los moais. La movilización de fuerza de trabajo para esculpirlos y trasladarlos, y la necesidad de utilizar los troncos en ese esfuerzo, terminaron agotando la base ambiental de la isla y llevaron al colapso a la sociedad que la habitaba. Se estiman súbitas declinaciones en la población debido a sucesivas hambrunas a partir del 1300, y hay evidencias de que llegaron al canibalismo.

Un pueblo que fue capaz de levantar esa fascinante colección de esculturas gigantes, no pudo evitar el colapso generado por la destrucción del medio ambiente provocado por sus propias actividades.

A comienzos del siglo 17 el Japón parecía encaminarse a un desastre ambiental parecido. La demanda de madera para construcción de castillos y viviendas en ciudades que crecían rápidamente, y cuya población demandaba también madera para suplir sus necesidades de energía así como para construir los barcos que necesitaba un comercio en expansión, estaba agotando los bosques. Los precios de la madera aumentaban con la escasez, estimulando una deforestación más extensa. La erosión amenazaba el equilibrio ecológico de la isla.

La demanda de madera se intensificaba todavía más por la frecuencia y amplitud de los incendios. Como las casas se aglomeraban cada vez más en las ciudades, los incendios eran muy frecuentes y llegaron a devorar ciudades enteras. En 1657 murieron más de 100 mil personas en un incendio que destruyó la mitad de lo que hoy es Tokio. Las necesidades de reconstrucción iban a significar la destrucción de más bosques y, al parecer, ése fue el toque de alarma para evitar el colapso.

El cambio crucial se produjo en la era Tokugawa, inaugurada por el emperador Hideyoshi y su hijo Ieyasu. Al poner fin a un largo período de guerras feudales, crearon las condiciones de paz que permitieron que el país progresara aceleradamente. Luego del referido incendio, el emperador impuso una férrea disciplina en el manejo de bosques y apoyó la transformación tecnológica. Nuevos materiales de construcción, sustitución de madera por carbón mineral, y medios más eficientes de transporte redujeron la demanda de madera, mientras los precios más altos estimulaban el repoblamiento forestal.

Hoy Japón resalta como uno de los lugares de mayor densidad poblacional del planeta, con más de veinte personas por hectárea de tierra cultivada. Aunque predomina la imagen de sus megalópolis urbanas, cerca del 80% del territorio está cubierto de bosques montañosos. Japón está entre los 20 países con mejor desempeño ambiental y, para lograrlo, no ha sacrificado su desarrollo económico sino que más bien lo ha utilizado para contar con los recursos económicos y tecnológicos que le permiten solventar la protección del medio ambiente y un aprovechamiento más sostenible y eficiente de sus recursos naturales.

El recuento de Diamond es mucho más rico y complejo de lo que puede resumirse en una nota tan breve. Pero la comparación de estos dos casos pone en evidencia que la cultura tradicional no es necesariamente benigna con el medio ambiente, ni el desarrollo industrial y tecnológico es inevitablemente dañino. No es casual que los países con mayores niveles de desarrollo en este momento sean también los que estén en mejores condiciones de proteger su entorno ambiental, logrando restaurar el deterioro que se produjo en las etapas iniciales de la industrialización, y cuyas imágenes todavía cargan nuestros prejuicios ideológicos.

Frente a los desafíos del presente, tenemos el enorme privilegio de aprender del pasado. La historia es un recurso extraordinario si se lo sabe utilizar.

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