EL ECOLOGISTA ESCEPTICO

La modernización tecnológica y la industrialización, ¿están destruyendo al mundo? La respuesta inmediata seguramente es positiva. La experiencia cotidiana de basura y contaminación, escasez de agua y abundancia de humo, y sobre todo la profusión de discursos, denuncias y acusaciones, llevará a muchos a decir que sí, que empeora la situación del planeta y que los responsables somos los humanos y nuestro progreso.

Convencido de eso, Bjorn Lomborg se inscribió a Greenpeace y empezó a movilizarse para salvar al planeta. Como era experto en estadística quiso contribuir a la causa recopilando toda la información que permitiera respaldar los argumentos que escuchaba en las reuniones y leía en los documentos que llegaban a sus manos. Su formación le permitía ver que las declaraciones no eran convincentes porque se basaban en datos aislados, en series temporales muy cortas o en promedios que no consideraban el contexto.

Como fruto de largos años de trabajo dedicados a recoger datos, reconstruir series largas, analizar cuidadosamente las fuentes y los métodos empleados, en 2001 publicó su libro “El ecologista escéptico”. Sus 500 páginas y cerca de 3000 notas de referencia a fuentes de datos, distanciaron a Lomborg de Greenpeace y de las principales organizaciones del movimiento ambientalista, muchas de las cuales lo consideran un traidor.

Y es que la principal conclusión de su trabajo es que la mayor parte de las denuncias ecologistas no tienen sustento científico. Por el contrario, lo que Lomborg encuentra en sus estudios es que el progreso técnico y la industrialización han contribuido de manera significativa a mejorar la calidad de vida de las personas, y a reducir el impacto ambiental de cada uno, cuando se considera esa calidad más elevada.

Por supuesto, si uno compara la vida de un granjero medieval en Europa con la de un habitante urbano en esa misma región, la huella ambiental de este último es seguramente más alta, pero los niveles de salud, el tiempo de vida, el disfrute del ocio, la seguridad de que goza este último se encuentran muy por encima de aquél. El granjero medieval era un sobreviviente, pues sus padres tenían que engendrar muchos hijos esperando que alguno venciera la enorme mortalidad infantil de la época. Y, para mantenerse, dedicaba jornadas agotadoras al trabajo, sin disfrutar de vacaciones ni momentos de ocio en la casa; su entretenimiento consistía en arreglar herramientas, cortar leña y mantener el fuego, o explorar nuevas maneras de conservar sus alimentos. Su salud era deplorable y las enfermedades se lo llevaban a los 40 años, convertido en un verdadero anciano. Dormía en habitaciones contaminadas y para calentarse y cocinar usaba la leña que podía conseguir de los bosques que fue consumiendo poco a poco. Sus jefes y reyes no vivían mucho mejor. Seguramente podían disfrutar de más tiempo de ocio y el servicio de muchas personas, pero debían invertir mucho tiempo y esfuerzo en guerras y batallas que no siempre resultaban favorables.

La industrialización, caracterizada por la acelerada aplicación de los conocimientos científicos a la producción, permite un mejor aprovechamiento de los recursos naturales disponibles. La agricultura se hizo tan productiva que en la mayor parte de los países modernos una fracción muy pequeña de la población puede alimentar a los demás e incluso exportar grandes cantidades de granos y carnes. La leña fue reemplazada por combustibles más eficientes y hoy una persona en promedio consume más energía y contamina menos que el campesino medieval que recordábamos. Eso explica que la tierra esté poblada por casi siete mil millones de personas, y que ellas vivan mucho mejor, con más alimentos y confort, menos enfermedades y por más tiempo, que en la Edad Media.

Nada de eso hubiera sido posible sin el progreso técnico ni la industrialización.

Se dirá que el costo de este progreso es, justamente, la destrucción del medio ambiente. Pero lo datos no confirman esta teoría.

Es evidente que en la primera etapa de la industrialización los niveles de contaminación aumentaron terriblemente. El futuro urbano a fines del siglo 19 lo representaba Londres, con cielos grises y un río muerto que la atravesaba. Pero esa imagen ya no existe más. Londres ha limpiado su aire y se puede pescar en el Támesis.

Lo que Lomborg encontró es que a medida que las sociedades progresaron fueron desarrollando también una mayor demanda por un entorno ambiental limpio y sostenible, y pudieron disponer de recursos económicos y tecnológicos para lograrlo. En otras palabras, el desarrollo les dio la tecnología y los recursos económicos para recuperar el medio ambiente. Europa, Norte América y los países más desarrollados del Asia están recuperando sus bosques y restaurando la vida silvestre. Muchos ríos y lagos han recuperado vitalidad y el aire de sus ciudades está cada vez más limpio.

Esto no convence a los ecologistas. Recuperando las viejas teorías de la dependencia y el imperialismo, ellos atribuyen la buena salud ambiental del Norte a su capacidad para desplazar la contaminación y la destrucción hacia el Sur. Esto es parcialmente cierto, puesto que la ampliación del comercio mundial también expandió los mercados de recursos naturales. Pero las relaciones entre países no lo explican todo y, de hecho, funcionan más como un pretexto que como un argumento. Al afirmar que ellos desplazan su contaminación, nosotros desplazamos nuestras responsabilidades.

La conclusión definitiva del libro de Lomborg es que el desarrollo permite generar la riqueza necesaria para retroalimentar el progreso tecnológico y reducir el impacto ambiental de las actividades humanas.

Y es verdad. Volver a un estilo de vida de hace 500 años solamente sería posible con la cantidad de población de aquél entonces, para lo cual tendría que ocurrir una hecatombe demográfica que se llevara al otro mundo al 90% de la humanidad.

Es más viable y deseable el camino del progreso.

© columnistas.net

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2 Responses to “EL ECOLOGISTA ESCEPTICO”

  1. sassha Says:

    muy bueno…. asi hace un cientifico: hipotesis, datos, validacion, identificacion de la causa y efecto y finalmente conclusiones…. y no especulaciones, propaganda, posiciones personales, ideologia, puntos de vista, gustos o propia vision….y utilizarla como verdad cientifica….

  2. Roberto L Says:

    En este enlace Pedro Brunhart discute lo planteado en la nota anterior.

    http://www.pulsobolivia.com/index.php?option=com_content&view=article&id=3545:respuesta-al-articulo-el-ecologista-esceptico&catid=60:opinion&Itemid=3

    Agradezco el interés de Brunhart, que ya ha demostrado muchas veces su preocupación por las cuestiones ambientales.
    Quisiera destacar, sin embargo, que Brunhart me atribuye más de lo que me corresponde. Mi artículo es, claramente, una reseña de un libro, y tenía como propósito principal el de provocar la lectura del libro de Bjorn Lomborg. Los argumentos que expuse están sustentados con abundante información en ese libro, y estoy seguro de que si Brunhart lo leyera encontraría también que muchas de sus afirmaciones son refutadas por los datos que maneja Lomborg.
    La comparación del campesino medieval con un individuo contemporáneo omite mencionar que obviamente la huella ambiental de una persona hoy es mayor que la del antiguo, pero que, tomando en cuenta los niveles de salud y bienestar, contamina menos. Al decir “tomando en cuenta” se plantea la afirmación en términos de una relación. Hoy se gasta más pero de una manera mas eficiente si se toman en cuenta los niveles de bienestar…
    Luego Brunhart reitera el argumento de que los poderosos desplazan la contaminación a los débiles, pero su discrepancia es cuestión de énfasis o, tal vez, de los indicadores que se usen para medirla. Lomborg cree que eso es cierto en alguna medida, Brunhart cree que es en gran medida.
    Pero la afirmación más vigorosa de Brunhart va por el lado del cambio climático y el efecto invernadero, que recoge sin crítica ni datos. Lo que yo sé es que el tema sigue en debate y que las conclusiones y proyecciones que se han hecho no son irrebatibles. Lomborg mismo ha escrito un nuevo libro sobre el tema que será interesante revisar.
    Mientras tanto, me alegra encontrar una fuerte coincidencia con Brunhart, que reclama, como yo, que debemos hacer más denuestra parte que solamente reclamar al norte una actitud más respetuosa con el medio ambiente.

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