Bolivia y Brasil: la buena vecindad

Es imposible ignorar la importancia que tiene Brasil para Bolivia. Más de la mitad de toda la frontera boliviana es con Brasil y  un tercio del total de las exportaciones bolivianas corresponde al gas natural destinado a Sao Paulo. El único puerto soberano que tiene Bolivia para alcanzar las rutas del comercio transoceánico se encuentra en la frontera con el Brasil, se trata de Puerto Aguirre que da acceso a las aguas internacionales de la hidrovía Paraguay-Paraná.  Bastarían estos datos para afirmar que ningún país tiene tanta importancia para Bolivia como el Brasil.

Pero en los últimos años el gobierno boliviano parece haber actuado como si esa importancia tuviera exactamente las mismas proporciones para el Brasil. No es así. Todas las exportaciones bolivianas, incluyendo el gas natural, representan menos del 2% de todas las compras que hace Brasil en el mundo, y Bolivia no alcanza a recibir ni el 0.5% de las exportaciones brasileras.

Por supuesto, la cualidad energética de las exportaciones bolivianas las hace más relevantes, pero esa ventaja se disuelve por la escasa  diversificación de mercados, que pone a Bolivia en una posición vulnerable.

Nada de esto se tradujo en las relaciones políticas y diplomáticas en los últimos años.

El gobierno de Brasil toleró decisiones y discursos de mucha agresividad, que incluyeron la “nacionalización” y la ocupación militar de Petrobras. La nacionalización en realidad no expropió a las empresas sino que las forzó a renegociar sus contratos y otorgar financiamiento extraordinario a las entidades del estado boliviano, pero fue sin duda un acto signado por la arbitrariedad y el cálculo político más que por las leyes y una visión de largo plazo, que tuvo un costo muy alto para el Brasil, pues obligó a Petrobras a reorientar sus planes e invertir grandes sumas de dinero en la exploración petrolera dentro del país. El resultado fue, al final, favorable para los intereses de Brasil, pero la empresa se vio obligada a asumir riesgos que no había previsto y que pudieron haber tenido otros resultados.

Pero el gobierno de Brasil fue también indiferente hacia las actitudes poco democráticas del gobierno boliviano, y en algunos momentos electorales hizo evidente su respaldo al Presidente Morales y contribuyó a desacreditar a la oposición.

La convocatoria a una Asamblea Constituyente, y la prórroga de su mandato más allá de los plazos legales fueron actos políticamente forzados que transgredían las normas vigentes entonces. La oposición, con mayoría en el Senado, intentó evitarlo pero no tuvo éxito, a pesar de que sus líderes buscaron también dar a los enviados del Brasil un a información complementara que les permitiera jugar un rol más institucionalista.

Esto ocurrió sobre todo en los primeros años, cuando los enviados especiales del Presidente Lula llegaban con frecuencia a Bolivia y daban señales poco consistentes con lo que estaba sucediendo, ya que reiteraban promesas de inversión y cooperación que al final no se concretaron. El propio Presidente Lula estuvo en la zona del Chapare, principal bastión electoral del Presidente Morales porque allí radican los campesinos cocaleros, y celebró la campaña electoral con una guirnalda de hojas de coca alrededor del cuello.

La solidaridad política del gobierno del Presidente Lula fue clara y firme. Pero, como la misma oposición boliviana lo denunció, esa actitud no tuvo correspondencia con lo hecho en el campo económico de las relaciones entre ambos países.

Al contrario, el Brasil buscó y logró reducir aún más la importancia de Bolivia como proveedora de energéticos, y prácticamente actuó por su cuenta en las decisiones acerca del proyecto hidroeléctrico del río Madera. Tampoco defendió los avances relativos a la explotación de hierro de la empresa brasilera EBX, y dejó que Bolivia se encaminara hacia una nueva frustración en la zona del Mutún, fronteriza con el Brasil, donde se otorgó sin licitación ni concurso la concesión de los yacimientos de hierro a una empresa de propiedad de la india Jindal Steel & Power, que carece de la capacidad para ese emprendimiento.

Los resultados son ya visibles en Bolivia. Las inversiones en el sector de hidrocarburos han declinado continuamente, afectando las reservas y restringiendo la capacidad de producción. Bolivia ha perdido importantes mercados y no tiene capacidad para abastecer a aquellos que la afinidad política quisieran abrir, como Argentina, Uruguay y Paraguay. Han aumentado las importaciones de diesel y después de cincuenta años Bolivia ha vuelto a importar gasolina. En algunos meses incluso ha estado importando gas licuado del Perú y no faltan los que aseguran que es el mismo gas licuado que sale de contrabando, debido a los precios subsidiados que prevalecen para el mercado local.

Mientras Brasil avanza con su proyecto de generación eléctrica en el río Madera, en Bolivia no se cuenta ni siquiera con los estudios del impacto ambiental que dicho proyecto podría tener en los llanos inundadizos del Beni y tampoco se han retomado las conversaciones para evaluar un posible aprovechamiento compartido.

El complejo siderúrgico del Mutún, en la frontera sur con el Brasil, no ha podido superar su fase inicial de ajustes institucionales y legales, y nada hace pensar que vaya a ponerse en marcha en el mediano plazo. Bolivia no está en posibilidades de financiar por su cuenta la infraestructura ferroviaria y portuaria que se comprometió a instalar, y Jindal al parecer depende mucho de la credibilidad de su contrato con Bolivia para obtener recursos de inversión en los mercados internacionales.

De manera que en esos tres rubros claves para la integración fronteriza entre Bolivia y Brasil lo que se tiene es un rápido avance por el lado brasilero, y el estancamiento en el lado boliviano.

Por supuesto, la principal responsabilidad de que todo ello ocurriera corresponde al gobierno de Bolivia, ya que el de Brasil puede justificarse afirmando que defendió sus intereses. Eso es cierto pero sólo en una perspectiva de corto plazo. Una mirada más amplia encontrará que esa combinación de complicidad política y desgaste económico que ha caracterizado la relación entre ambos países resultó, al final, siendo negativa para los dos.

Precisamente por las diferencias relativas, lo que ganó Brasil en esa relación es ínfimo comparado con lo que perdió Bolivia. Por lo tanto, la distancia entre ambos países se ha ido acrecentando y el desbalance entre ambos hará más difíciles sus relaciones en el futuro. Una Bolivia más pobre e institucionalmente más débil deteriora el vecindario y puede generar nuevos problemas.

Esto lo han sostenido en diversos discursos las más altas autoridades del gobierno de Brasil y podría pensarse que es política de Estado la promoción del desarrollo económico, la equidad social y la democracia en los países vecinos. Y, como política, es sin duda la correcta. El problema es que no ha sido aplicada de manera sistemática, pues mientras se enfatizaban los gestos políticos de amistad y buena vecindad, se trataron con mucho menos entusiasmo e interés los temas económicos e institucionales que son la única garantía de buena vecindad en el largo plazo.

En una evaluación prospectiva sería bueno tomar en cuenta dos hechos aparentemente marginales.

El primero es el que se produjo luego de los violentos conflictos de septiembre 2008 cuando Brasil llegó a recibir centenares de refugiados procedentes del departamento de Pando.

El segundo, más persistente, resalta las estimaciones de prensa según las cuales el 60% de las drogas ilegales que circulan en el Brasil provienen de Bolivia.

Cabe preguntarse si estos hechos son marginales y poco significativos como la apariencia lo sugiere, o si más bien no podrían ser signos emergentes de las nuevas dimensiones que marcarán cada vez más las futuras relaciones entre Bolivia y Brasil.

Publicado en Braudel Papers, Instituto Fernand Braudel de Economía Mundial.
http://www.braudel.org.br

3 Responses to “Bolivia y Brasil: la buena vecindad”

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