Drogadicción y movilidad social

La política antidrogas, por definición, lucha contra las drogas, que son objetos. El hecho es que, al hacerlo, ignora a las personas y a las sociedades.
Esto no es simple pues, por ese camino, los que tienen más poder transfieren sus responsabilidades a otros, sin lograr resolver ni alcanzar a comprender las causas del problema.

El uso y abuso en el consumo de drogas varía considerablemente de país a país,
de región a región en los países e incluso entre barrios dentro de las ciudades. Estas diferencias han sido bien descritas y documentadas pero no han sido suficientemente explicadas. Y aunque con frecuencia se ha relacionado la pobreza, la debilidad del núcleo familiar y la falta de valores al abuso de drogas, el discurso oficial ha optado por señalar a las drogas como causantes y no como síntomas de los males sociales. En los hechos, rara vez se discuten las causas que generan “el problema de las drogas”.

La mayor parte de quienes diseñan las políticas hacia las drogas confían más en
los datos provenientes de la biología y de la química, en parte porque refuerzan sus convicción de que son las drogas la que tienen el poder de atrapar a los consumidores. A ellos les sorprenderá saber que un reciente estudio de laboratorio ha comprobado algo que las ciencias sociales ya sabían: que la adicción se explica más por las condiciones de la vida en sociedad que por la química.

De monos y dopamina

Un equipo de la Wake Forest University de Carolina del Norte, dirigido por
Michael Nader, reportó en la revista “Nature Neuroscience” de febrero 2002, vol. 5 número 2, los resultados de un experimento con monos. Lo que ellos querían examinar era de qué manera tenía influencia el entorno social en las tendencias a la adicción con cocaína.

Es evidente que los monos, aunque sean genéticamente cercanos a nosotros, no son humanos. Carecen de cultura y su vida social es muy elemental. Por eso debemos ser cautelosos cuando se trata de extrapolar a los humanos los resultados de experimentos con animales. Pero también habrá que estar atentos a futuros resultados de las investigaciones sobre neurotransmisores, en los que se concentran muchos equipos de científicos en esta época.

El estudio tomó como referencia el modelo de la personalidad adictiva, según el cual hay diferencias individuales que hacen que algunos individuos sean más propensos a la adicción que otros. Investigaciones anteriores encontraron que esas diferencias están ligadas a ciertas condiciones genéticas. El equipo de Nader encontró datos que confirman esta relación, pero también encontró que las diferencias genéticas solamente se activan en determinadas circunstancias sociales.

Veamos la explicación.
La cocaína forma parte de un conjunto de drogas conocidas por los neurólogos como inhibidoras de la reabsorción de dopamina, que es un neurotransmisor relacionado con los estímulos nerviosos. Al inhibir su reabsorción, la señal de estímulo se renueva afectando el estado de ánimo de la persona. Es decir, impidiendo que las señales de cansancio o agotamiento sean adecuadamente transmitidas.

El grupo dirigido por Nader utilizó 20 monos para estudiar la posible relación existente entre la posición del animal en la jerarquía de dominación de su grupo, la actividad de una proteína receptora de dopamina llamada D2 y la adicción a la cocaína.

El experimento les llevó 18 meses de intenso trabajo en laboratorios. Luego de haber formado cinco grupos diferentes de cuatro monos cada uno, y habiendo medido previamente la actividad individual de la proteína D2, encontraron que los animales dominantes tenían mayor actividad D2 que los subordinados, pero que eso era consecuencia de su dominación y no la causa. Es decir que, independiente de cuál fuera el nivel D2 cuando estaban aislados, la actividad D2 de los monos que asumían posiciones dominantes en el grupo aumentaba significativamente, en tanto que no se modificaba casi nada la actividad D2 de los animales que asumían posiciones subordinadas.

Posteriormente, se permitió que los monos tuvieran acceso a cocaína presionando una palanca, de modo que cada uno pudiera controlar su consumo.

Y se encontró que también el tipo de uso de la cocaína está relacionado el estatus social. Los animales dominantes encontraron un nivel estable de consumo y se mantuvieron en él, de modo que la cocaína no llegó a perturbar su
comportamiento. En cambio los animales en posición subordinada necesitaron dosis cada vez mayores, desarrollando típicos comportamientos adictivos.

Según los científicos, este hallazgo puede estar relacionado al nivel de
actividad D2. La cocaína reduciría la producción de dopamina de modo que, cuando se la deja de consumir, se percibiría un bajo nivel de estímulo que solamente
puede ser restaurado, rápidamente, mediante el consumo de más cocaína, generando la adicción.

La conclusión de este estudio señala que los individuos con mayor nivel de actividad D2 son menos susceptibles a la adicción con cocaína, debido a que el estímulo adicional que les proporciona la droga, es decir su efecto, es relativamente pequeño. De modo que los dominantes, que tienen más actividad D2 como resultado de su estatus, tienen menos probabilidades de caer en la adicción. De aquí se concluye que la adicción no resulta de una predisposición individual, sino que es un resultado de la manera en que el individuo se relaciona con los demás en su contexto social.

Enfermedad y movilidad social

Si las conclusiones de estos experimentos pudieran traducirse a la experiencia humana, quizás encontraríamos algunas respuestas a la pregunta sobre por qué en
algunos países el problema de las drogas es mayor que en otros. Y una indagación
en ese sentido quizás nos demostraría que los mayores índices de abuso de drogas
en un determinado país o en una zona, son indicadores de que la jerarquía social es, en ese país o en esa zona, demasiado opresiva para la gente.

La conclusión no es tan nueva. Ya hace algunos años el investigador inglés Richard G. Wilkinson demostró en su libro “Unhealthy Societies” que hay una relación directa entre las jerarquías sociales opresivas y las enfermedades. Comparando sociedades, e incluso grupos sociales dentro de una misma sociedad, pero diferenciados por el peso opresivo de la jerarquización y la autoridad, encontró que las personas tendían a enfermarse mucho menos cuando vivían en un ambiente más equitativo, es decir, más abierto para que las personas aprovecharan una amplitud mayor de oportunidades.

De todo esto resulta que impulsar políticas de equidad de oportunidades y de movilidad social, capaces de crear un ambiente en el que la jerarquías
existentes ejerzan menos presión sobre el individuo, debe ser parte de una mejor política antidrogas.

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