Lorenzo Calzavarini (1939-2012)

El 9 de febrero de 2012 murió Lorenzo Calzavarini, amigo y maestro. Sus restos fueron enterrados en Tarija, donde vivió los últimos 18 años, restaurando el Archivo Franciscano y creando un extraordinario Museo en el Convento franciscano. La tristeza no debe impedirnos agradecer su fructífera vida y la enorme fortuna que tuvimos de tenerlo cerca. En el epílogo de su libro Teología Narrativa escribió: “Lo ingrato es vislumbrar un gesto de adiós. No quiero ni puedo pensarlo.”

A mi no me queda más que pensarlo… y decir adiós Lorenzo,  Gracias por siempre.

Lorenzo Calzavarini en su oficina de Tarija.

Como parte del luto, escribí esta semblanza personal, publicada en Los Tiempos de Cochabamba, el domingo 12 de febrero.

GIUSEPPE CALZAVARINI, EL PADRE LORENZO (1939-2012)

–                     ¡Qué bueno que llegaste! –me dijo, como si me hubiera estado esperando-, tienes que ayudarme con esto.

Calzavarini se levantó de su silla y me alcanzó unos papeles mientras acogía con afecto a mi familia, ya que pasábamos unos días de vacaciones en Tarija. Era nuestra primera mañana y lo primero que hicimos fue pasar a saludar a Lorenzo. No nos habíamos visto en mucho tiempo, pero para él fue como si su antiguo alumno hubiera entrado para ayudarlo.

En ese momento Calzavarini trabajaba en un ensayo de presentación a la exposición del pintor italiano Mimmo Rosselli que se abriría al público por esos días en el Museo Franciscano. Fue un nuevo desafío, similar a los que había recibido en mis tiempos de estudiante. No sabía nada de Rosselli y mis conocimientos de pintura se reducen al me gusta o no me gusta. Como siempre, el desafío terminó siendo un regalo intelectual, como los muchos que Lorenzo me dio desde que lo conocí, a mediados de los 70, en la Universidad de San Simón.

Lo que me presentó como un pequeño trabajo de corrección de lenguaje se convirtió en un día de experiencia estética e intelectual. Visité detenidamente la exposición, que además de cuadros tenía varias instalaciones con vidrios quebrados, y conversamos largamente esa tarde, mientras le ayudaba a afinar su ensayo.

Rosselli es un médico italiano que ha realizado varias visitas en misión solidaria al Chaco, pero con el tiempo ha ido desarrollando una original vena artística. Es capaz de sintetizar paisajes en pocas líneas, o de redefinirlos con líneas que instala en medio de ellos.

–                     Dime tú, ¿no es formidable? –me decía Lorenzo al acompañarme en la visita y mostrarme fotos de sus trabajos, incluyendo un mural en el frontis de una capilla perdida en la inmensidad del Chaco, Ipitacito del Monte.

Ese pequeño ensayo fue el último trabajo que hicimos juntos y pese a que habían pasado más de treinta años desde que me gradué, ese día fui otra vez su alumno, algo que sigo agradeciendo.

Estoy seguro de que muchas personas recibieron desafíos parecidos. Pienso en el pintor Gonzalo Ribero, a quien convirtió en escultor e hizo del templo de Tolomosa Grande una de sus obras plásticas más singulares. Algo similar debió vivir el arquitecto José Granda, que reconstruyó los planos del Convento de San Francisco en Tarija para describir su evolución en el paso del tiempo y dirigir luego la restauración de ese monumento histórico. Probablemente esa fue la pedagogía de Lorenzo desde siempre: proponer  un desafío y acompañarnos en la transformación de los obstáculos en experiencias enriquecedoras.

El Padre Lorenzo pertenecía a la Orden de los Frailes Menores, tal el nombre oficial de los Franciscanos. Había nacido en Canaro, cerca de Florencia, el 27 de noviembre de 1939, con el nombre de Giuseppe Calzavarini Ghinello. Hizo sus primeros votos en 1956 y se ordenó sacerdote en 1966. En la universidad de Urbino se formó como sociólogo hasta obtener el doctorado en 1973. Ya desde sus estudios teológicos había sido atraído por la experiencia de los misioneros franciscanos en el sur de Bolivia al revisar los manuscritos de los padres Comajuncosa, Gianecchinni y Nino, y sus testimonios de la vida y cultura de los pueblos chiriguanos, a quienes dedicó Nación Chiriguana, Grandeza y Ocaso, publicado en 1980 por Los Amigos del Libro.

Para entonces, Calzavarini ya llevaba más de seis años de andar por Bolivia, dedicando una parte importante de su tiempo a la docencia universitaria. Enseñó un tiempo en la Universidad Tomás Frías de Potosí y luego pasó a San Simón, donde encontró la amistad y la complicidad intelectual de Roberto Valdivieso.

Visto en perspectiva, conocer juntos a Calzavarini y Valdivieso fue lo mejor que me pudo haber pasado esos años de estudiante. Ellos me involucraran en sus proyectos de investigación y me convirtieron en una suerte de redactor de sus largos y profundos debates sobre la relación urbano rural, el papel de los mercados en la agricultura campesina, la religiosidad popular y la formación de identidades sociales, los comportamientos políticos, las condiciones del desarrollo y el papel del estado.

–                     Es que no sabes nada de antropología –me decía un día Lorenzo y ahí estaba yo al poco rato, leyendo a Levi Strauss.

–                     Bien –me decía en otra ocasión –ahí has captado la artificialidad del Estado, ahora tienes que explicar su persistencia –desafiaba.

Hace unos meses, desde su lecho de enfermo, me dijo:

–                     Está interesante eso del rentismo, pero no puede bastar el describirlo.

Cuando le llevé la tercera edición de mi libro y le conté que el último capítulo estaba dedicado a proponer alternativas, se lo pasó a Valdivieso:

–                     Mira tú… formidable! Ha ido más allá…

Me sentí como cuando ambos aprobaron el borrador de mi tesis de licenciatura, hace ya 33 años.

En 1993 Calzavarini decidió que era tiempo de dejar Cochabamba. Poco antes, al cumplir 25 años de sacerdocio, publicó una autobiografía profundamente enraizada en la historia de la presencia franciscana en Bolivia y que constituye un aporte notable al estudio de la influencia católica en el país: Los Franciscanos en la Hora de Bolivia.

De la Facultad de Economía había pasado a Humanidades, donde fundó el Instituto de Investigaciones alentando a estudiantes y profesores hacia la reflexión y el estudio.

Pero estaba frustrado por una experiencia relacionada a la creación de un centro de desarrollo rural, que terminó capturado por un grupo italiano que tenía visiones contrapuestas a la suya, y optó por responder finalmente al llamado que lo trajo inicialmente a Bolivia: el del archivo documental del Convento franciscano en Tarija. Empacó los libros que había acumulado y que ya formaban una notable biblioteca, y con el apoyo entusiasta de sus hermanos frailes Gerardo Maldini y Pedro de Anasagasti fundó en Tarija el Centro Eclesial de Documentación, institución que se convirtió en el instrumento de su mayor obra en Bolivia: la restauración del archivo documental de los franciscanos y del Convento mismo, en el que expandió el Museo Fray Francisco Miguel Marí.

Como parte de ese proceso de recuperación de una memoria que él consideraba fundamental para la interculturalidad, entre el 2004 y el 2006 publicó siete tomos de documentos históricos que cubren los 330 años del archivo documental. Además de contener documentos de extraordinario valor, como diccionarios de lenguas nativas, descripciones de plantas y animales, informes de costumbres y pensamiento de los indígenas del Chaco, memorias misionales y registros de la economía y la historia tarijeñas; esos libros son precedidos de ensayos críticos sistemáticos preparados por Calzavarini. Estos últimos son como un acompañamiento compasivo e inteligente por los documentos, ayudando a los lectores a revivir las vicisitudes de los frailes, su asombro por el mundo indígena y el amor que desarrollaban en su continuo caminar por las tierras del sur.

Parte inseparable de esa labor de rescate es el Album Fotográfico de las Misiones Franciscanas de los Padres Doroteo Gianecchini y Vincenzo Mascio que publicó el Banco Central de Bolivia.

La obra del Padre Lorenzo no pasó desapercibida. Poco a poco fue conquistando el apoyo de los gobernantes y ganando el respeto de sus colegas. El 2003 recibió el premio Gunnar Mendoza y el 2007 se incorporó como miembro de número de la Academia Boliviana de la Historia. Tanto él como el Centro Eclesial han recibido condecoraciones y reconocimientos varios.

En el penoso período de su enfermedad tuve el privilegio de visitarlo muchas veces. Siempre me recibía con preguntas sobre los últimos acontecimientos y pedía otras novedades de las que veía puntual en los noticieros de la televisión. Luego de haber dedicado la vida entera al rescate de la interculturalidad y a la valoración de las experiencias y aspiraciones indígenas, se sentía muy triste por lo que ha venido sucediendo en el país. La violencia desatada en febrero y octubre del 2003 le quitaron todo entusiasmo por la experiencia populista que se inició entonces y sufrió los hechos que se sucedieron en torno a la capitalidad en Sucre, los conflictos de enero en Cochabamba, la manipulación de ilusiones y esperanzas, el conflicto por el TIPNIS. “Esto se hunde cada vez más” me dijo un día, reflexionando sobre este tiempo de “oportunidades desperdiciadas”.

Como escribió en una de sus “Cartas a los Amigos”, consideraba que los prejuicios políticos “son siempre el resultado de la combinación de incoherencias para acusar al presente a fin de no abrir esperanzas de futuro”.

Las dimensiones más profundas de su capacidad analítica como sociólogo y de su compromiso como fraile franciscano se encuentran en los tres estudios que forman el libro Teología Narrativa, Relatos Antropológicos de la Fe Popular en Bolivia, editado en 1995. En ellos estudia la Pascua trinitaria, el carnaval de Oruro y la fiesta de Todos Santos en Tarija, y al hacerlo despliega un lenguaje rico en contenidos y sugerencias, y vigoroso en imágenes. Son textos fundamentales para comprender la fiesta popular: “terapia de encuentros”, como decía Lorenzo.

En el epílogo de ese libro se resiste a poner punto final a sus recuerdos. “Lo ingrato es vislumbrar un gesto de adiós. No quiero ni puedo pensarlo”, escribe. Confiesa que sus estudios lo han involucrado tanto en las vidas de los demás que no puede dejarnos.

Sin embargo, el 9 de febrero de 2012 una extraña  enfermedad acabó con su cuerpo. Sus hermanos franciscanos nos ayudaron a despedirlo en una sencilla ceremonia, llevando sus restos a Tarija, donde reposarán para siempre. Es justo que así sea. Nos queda el consuelo de haber sido tocados por sus preguntas y quizás de haber llegado a ser, como él mismo lo dijo, parte de su “territorio del alma”. En ese territorio también permanece.

8 Responses to “Lorenzo Calzavarini (1939-2012)”

  1. Anonymous Says:

    jgrazie a te amico.

  2. Lilo Says:

    Simplemente bello, así era el Padre Lorenzo… no es formidable… era una de sus frases favoritas… cuando mostraba pinturas, textos, esculturas…. y siempre con una sonrisa.

    Estoy triste porque ya no esta, pero estoy feliz haberlo conocido.

  3. Beatriz Vázquez Zambrano Says:

    Gracias por esta semblanza que nos identifica a muchos. Así era Lorenzo, motivador, alegre, brillante. yo también digo: Feliz de haber sido tu alumna , feliz de haber tenido proyectos comunes, feliz de haber sido tu amiga, querido Lorenzo.

  4. gian paolo rossi Says:

    Ho saputo ieri sera della sua morte , qua, a Bologna , in Italia .
    Ho avuto la fortuna di conoscerlo a Tarija nel 1995 ,dove ho conosciuto anche Padre Maldini .Avevo 20 anni.Ricordo con quanta semplicita’ ti spiegava le cose e per me quei giorni al convento ,saranno per sempre un ricordo meraviglioso.
    Ciao Padre Lorenzo ,ciao Lorenzo.

  5. Flora preci Says:

    Sono la nipote di Padre Maldini, ho saputo del triste evento.
    Ho avuto il piacere di conoscerlo e frequentarlo qui in Italia, sono addolorata e insieme alla mia famiglia esprimiamo le nostre più sentite condolianze.
    Rimarrà sempre nel nostro cuore.
    Flora

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