6 de agosto sin Olañeta

Aquí nació Bolivia. Aquí trabajó Olañeta.

El mes de agosto en Bolivia está indisolublemente ligado a una personalidad de la que, sin embargo, nadie se acuerda: Casimiro Olañeta. Porque el país festeja su independencia el 6 de agosto en gran medida gracias a sus esfuerzos, y porque un 12 de agosto, en 1860, dejó este mundo. Tenía 65 años, nació en el Virreinato de La Plata y murió en la República de Bolivia. Para eso vivió.

Oficialmente, Olañeta fue un destacado miembro de la Asamblea Deliberante de 1825 y tuvo un rol activo en la creación de las instituciones republicanas, desempeñándose en los tres poderes del estado: fue ministro en varios gobiernos, fue diputado en varias legislaturas, y fue miembro y presidente de la Corte Suprema de Justicia. Su obra ha sido juzgada con más severidad que ponderación, y es uno de los pocos casos de personalidades que gozaron del perdón y el aprecio de sus contemporáneos, y el castigo de los historiadores.

Habitualmente ocurre lo contrario: los contemporáneos juzgan a los suyos con severidad y basados en razonamientos de corto plazo, pero la historia, más serena, reivindica la personalidad y el aporte de quienes en su momento sufrieron el repudio de su gente. Ese fue el caso de Hernando Siles, por ejemplo, cuya casa fue asaltada y debió huir del país, viviendo en permanente exilio. O de José María Linares, Tomás Frías, Andrés de Santa Cruz, incluso Simón Bolívar. En realidad, se diría que la norma es que los contemporáneos seamos implacables al juzgar, anteponiendo las pasiones políticas a la razón, siendo la historia la gran reivindicadora.

Resultan excepcionales los casos en que coincide el aprecio de sus contemporáneos y el de la historia. Pienso en Nataniel Aguirre y Mariano Baptista, por ejemplo. Rarísimos son casos como el de Olañeta, cuya vida pública fue agitada y llena de altibajos, pero que murió rodeado por el aprecio y el agradecimiento de la gente.

Los historiadores han sido, en el caso de Olañeta, los que juzgaron su obra con tanta pasión que, al final, lograron imponer una imagen despreciable de su labor. Olañeta es, en los manuales escolares, la figura emblemática del político hipócrita, el “dos caras” en quien no se puede ni debe confiar, el tránsfuga ambicioso que circula por los pasillos del poder apoyando a los unos y a sus adversarios al impulso de ambiciones personales.

Es verdad que Olañeta estuvo en el bando monárquico y se pasó al republicano, pero hizo lo mismo Andrés de Santa Cruz y, como él, centenares, sin que ello sea usado para condenarlos. También es verdad que sirvió en varios gobiernos y que muchas veces conspiró contra los que lo nombraron ministro. Pero en su descargo queda una explicación rotunda: “sean ustedes leales a las personas si así lo quieren, déjenme a mí ser leal a los principios”, escribió en uno de sus folletos. Y quienes han indagado su actuación, como José Luis Roca, confirman que los distanciamientos políticos de Olañeta se debían más a los cambios de rumbo de los presidentes y caudillos, que a sus ambiciones personales. Los presidentes buscaban a Olañeta para mejorar la calidad de sus equipos de gobierno, pero sabían que no era un incondicional y que podía ser un severo crítico y, llegado el caso, un formidable adversario. Es probablemente en reconocimiento a esta línea de conducta que, a su muerte, sus contemporáneos ignoraron las acusaciones de “dos caras” e hipocresía, y lo despidieron con todos los honores.

Los merecía. Bastaba recordar su papel en la fundación de Bolivia. Cuando Simón Bolívar se oponía a la creación de la república, porque incumplía el compromiso con San Martín de respetar los límites virreinales, cuando Sucre dudaba y Santa Cruz buscaba conservar la unidad del Alto y del Bajo Perú, Casimiro Olañeta contribuyó de manera decisiva a que se respetara la voluntad de los pueblos del Alto Perú. Y lo más asombroso es que lo hizo sin ejércitos ni batallas, sino con las armas de la política que eran las únicas que podía utilizar. Halagó vanidades, presentó argumentos, buscó alianzas e intrigó, es verdad, pero ni mató a nadie ni envió a nadie a la muerte, como lo hicieron los caudillos militares.

Mérito extraordinario es que, en medio de la guerra, Olañeta jugara a la política y lograra sus propósitos. Por supuesto, no era el único que buscaba la creación de una entidad independiente que, según algunos historiadores, ya existía de facto. Pero es indudable que supo reconocer que existía esa entidad en Charcas y que consiguió que los demás también la reconocieran y aceptaran. Olañeta empleó recursos civiles (civilizados, habría que decir) para imponerse sobre militares de la talla de Bolívar, Sucre y Santa Cruz.

El culto a estos tres militares fue iniciado por el mismo Olañeta y sus colegas de la Asamblea que creó la república, y él mismo fue consciente de las limitaciones que tenía hacer política en medio de sables y bayonetas, por lo que sólo una vez disputó la presidencia, optando más bien por la gestión institucional. Esa fue, en realidad, la tarea que alentó su vida pública. Quizás no fuera del todo eficiente en ella y en algunos casos asumiera tareas más grandes de las que podía realizar (como la elaboración de los códigos), pero todo juicio debe considerar las condiciones del momento y los recursos disponibles para la tarea realizada.

La habilidad de Olañeta y su visión de las necesidades del país le permitió en un momento dado negociar un tratado de límites con el Perú por el cual ese país cedía a Bolivia el puerto de Arica a cambio de definir límites en el norte de La Paz. Ahí se hubiera resuelto el problema marítimo. El Tratado fue rechazado y archivado por el entonces Presidente del Perú, Andrés de Santa Cruz, que luego sería Presidente de Bolivia y terminaría en un sitio de honor de nuestra historia. Resulta irónico que hayamos olvidado este hecho. No pretendo que se ignore al Mariscal, pero me parece injusto que se condene al olvido a Casimiro Olañeta.

Si se considera la creación de Bolivia como un hecho indeseable y perjudicial para la integración latinoamericana, como creía Bolívar, es comprensible festejar el 6 de agosto sin entusiasmo y a regañadientes, ignorando a Olañeta. Pero si, por el contrario, se festeja la fundación de la república con verdadera convicción y se admite que la existencia de Bolivia es necesaria, lo más lógico sería honrar la memoria de Casimiro Olañeta.

Aún alejados del nacionalismo o del integracionismo, la contribución de Olañeta debería ser valorada. Ella nos ayudaría a reconocer la importancia de los civiles que lucharon pacíficamente para desarrollar instituciones republicanas en vez de seguir ensalzando a caudillos militares dispuestos a sacrificar al país con su heroísmo improductivo.

8 Responses to “6 de agosto sin Olañeta”

  1. JOSE LANZA Says:

    EL PRIMER VENDEPATRIA DE BOLIVIA… GRACIAS A ESTE NUESTRA PRIMERA CONSTITUCION FUE… “EXCLUYENTE”!!!… SU DOCTRINA: …”…MIS INTERESES PERSONALES SE SOBREPONEN A LOS INTERESES NACIONALES…”… LO PEOR QUE NOS PUDO HABER OCURRIDO!!!…

  2. Carmela De Jhonsson Says:

    A mí me gustó el artículo. Pero, señor Lanza, ¿Dónde afirmó o dijo Olañeta lo que Ud. le atribuye?
    Recuerde, además, que la primera Constitución que tuvo Bolivia fue enviada por Bolívar, así que esa sí es auténticamente bolivariana. Y sería bueno también que citara dónde se ”excluye” en ella.

  3. Luis Eduardo Siles Says:

    por favor la gente como “Jose lanza”, notese las comillas, que yo ya borre de facebook se dedican a eso, a insultar si ni siquiera la apariencia de un argumento. Para justificar el odio, la victimizicacion y el resentimiento masista quieren reafirmar algunos mitos e inventar otros y en ambos casos machacar sus argumentos que una reiteracion medieval. Un articulo interesante informado y pensado como este que pone en cuestion el mito generalmente aceptado, obviamente les incomoda totalmente.

  4. Andres Rosa Says:

    Interesante historia de vida la de Casimiro Olañeta, sin duda recuperar su memoria es muy importante para todos … lo que me gustaria saber de él es: Tenia un objetivo en su vida o sólo la vivió de la mejor forma posible? Qué es lo que él queria?

  5. Pedro Estrada Says:

    Se puede estar de acuerdo o no con el artículo, pero lo deseable sería disentir con ideas y argumentos, para contrastar posiciones, evitando la repetición automática de diatribas y consignas propias de personas que no pueden sostener medianamente un simple argumento. Que pobreza (Intelectual) franciscana. En lo particular, el artículo contribuye a esclarecer una percepción deformada, sin mayor fundamento, que personalmente tenía sobre Olañeta.

  6. jorgeabastoflor Says:

    Muy interesante artículo. Casimiro Olañeta era en realidad el Talleyrand de Bolivia y su obra fue la independencia de Bolivia. Sin embargo, tengo que discrepar con el comentario final acerca de “heroísmo improductivo de los caudillos militares”. Tengo la impresión de que los caudillos civiles le costaron más vidas a Bolivia que los militares; sólo recordemos a Linares, Salamanca (este nos costó 33.000 vidas en el Chaco, porque él llegó a la Presidencia ofreciendo guerra con el Paraguay) o Hernán Siles.

  7. Pedro Portugal Says:

    Habría que hablar de LOS Olañeta, tío y sobrino, crápulas y maestros en el transfugio. Alipio Valencia indica de José Joaquín Casimiro Olañeta quería perpetuar, con la independencia de Bolivia, “su propia clase reaccionaria, egoista (Desarrollo del Pensamiento Político en Bolivia, p.53). Carlos Montenegro indica que los pocos patriotas en la Asamblea Constituyente, “estaban sumergidos por la gran ola de los Olañetas, Urcullos, Serranos, Moscosos y los muchos doctores” de esa clase “temerosa y ociosa” (Nacionalismo, p. 52). No por algo a Olañeta le llamaban “el Dos Caras” (ver sobre todo Charles W. Arnade, La dramática insurgencia de Bolivia, pp. 217-221, 224-230). Olañetismo llegó a ser calificativo de doblez y perfidia. Extraño que algunos reivindiquen ahora a ese turbio personaje

    • jorgeabastoflor Says:

      Estimado Pedro, si tu referencia es Arnade y su “dramática insurgencia…” creo que no hay posibilidad de debate. MI opinión es que personajes como Arnade, Arguedas y Moreno hicieron más que nadie para socavar la formación de la identidad y la conciencia nacionales, con textos llenos de adjetivos y vituperios contra todos/as y contra todo, muy lejos del trabajo historiográfico y demasiado cerca de sus propios complejos.

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