La bonanza que no alcanza

Un reportaje difundido en Los Tiempos el domingo 1 de octubre reconocía que la bonanza que vive el país en los últimos años no ha llegado a todos los bolivianos. Y en consulta a tres destacados economistas, José Luis Evia, Gonzalo Chávez y Osvaldo Gutiérrez, concluía que eso se debía a la ausencia de planes que orientaran inversiones productivas. Comparto la primera idea pero discrepo de la segunda. Es verdad que vivimos una bonanza inédita y que ella no ha llegado a beneficiar a todos los bolivianos, pero es falso que no existan planes. El problema es que esos planes no son los adecuados.

Durante la presidencia de Evo Morales se juntaron dos procesos: por un lado la puesta en funcionamiento de inversiones que tardaron muchos años en madurar, como la exploración de gas y el gasoducto al Brasil, y el inicio de la producción en San Cristóbal y San Bartolomé; por el otro, un aumento acelerado de la demanda de materias primas que multiplicó los precios de hidrocarburos y minerales justo cuando podíamos aumentar exportaciones. Como consecuencia de ambos procesos hoy Bolivia exporta ocho veces más que el 2002 y los ingresos fiscales, a disposición de los gobiernos central, departamentales y municipales, han aumentado en más del 500%. El PIB lo refleja creciendo, pero se trata más de un engorde que de un fortalecimiento.

En efecto, la capacidad productiva ha aumentado menos que la capacidad de importación, y la expansión del aparato económico estatal se ha producido más por desplazamiento de los capitales privados que por la incorporación de nuevas plantas productivas. Para muestra las refinerías, que al ser compradas a Petrobras redujeron las inversiones de esa empresa en el país y aumentaron la economía estatal pero sin que creciera la capacidad de refinación ni la productividad de los empleados. Otras inversiones productivas se encuentran en etapa de “maduración”, como Papelbol para citar el caso de mayor difusión en la prensa.

Esto explica por qué la bonanza no llega a todos los bolivianos pero también demuestra que no es por falta de planes. No llega a todos porque refuerza una lógica importadora que beneficia a los sectores de mayores ingresos y perjudica a los productores locales, y porque una parte muy significativa queda bajo el control de las burocracias públicas. Para éstas el problema es “de ejecución presupuestaria”, es decir, de gasto. Las autoridades tienen una presión tan fuerte para gastar que a veces se embarcan en obras seleccionadas de manera precipitada, inadecuadamente diseñadas e incluso innecesarias. Todos somos cómplices de esa irracionalidad cuando criticamos a un alcalde o a un gobernador porque “no ejecutó su presupuesto”, cuando deberíamos valorar que ahorre nuestros recursos para inversiones más eficaces.

Una gran parte de la denominada “inversión pública” se está realizando bajo la misma lógica, por lo que no debería sorprendernos que también sea inútil y conlleve graves riesgos de desperdicio. Han pasado más de 30 años desde que se inauguró Karachipampa y los 250 millones de dólares que se “invirtieron” allá no han producido ni un kilo de metal. ¿Qué nos asegura que la planta de úrea termine de otra manera, si la impulsa el mismo voluntarismo y carece de estudios de factibilidad y de mercado? Algunos expertos ya llamaron la atención a las necesidades de materia prima de esa planta y a los costos de transporte que puede representar su localización, y sus dudas no han sido absueltas.

Es innegable que la expansión del aparato económico estatal forma parte de un plan, y que las plantas industriales que se están creando con recursos fiscales forman parte del mismo plan. Incluso si esas fábricas llegaran a funcionar, su impacto beneficioso se concentraría en los empleados y obreros que trabajen en ellas y en los consumidores de sus productos, siempre que éstos tengan precios más bajos que los importados y sean de mejor calidad. Por lo tanto, si la ejecución exitosa del plan no garantizaría que la bonanza alcance a todos los bolivianos, mucho menos lo haría un plan que no funcione.

Con esto insisto en que si la bonanza no alcanza no es por falta de plan, sino por un plan inadecuado.

Uno de los economistas que fue entrevistado señalaba que la clave está en aprovechar la bonanza para convertir la riqueza natural en que ella se basa (minerales e hidrocarburos) en una riqueza productiva y sostenible. Ese es sin duda el desafío. Y para ello es fundamental determinar quién puede lograr esa conversión. Hasta ahora se ha supuesto que el estado puede hacerlo a  pesar de que no hay evidencias que lo apoyen. Que una u otra empresa sea exitosa por un breve periodo de tiempo no es suficiente para justificar una política. El fracaso del estatismo en la Unión Soviética y Corea del Norte, en Cuba y en Venezuela es tan evidente y abrumador que no podemos ignorarlo. En contraste, el éxito ha acompañado a los países que permitieron que la gente desarrolle su iniciativa y creatividad, compitiendo entre sí y respetando una regulación estable y transparente. Y en esos países poco importó que hubiera “un plan”, porque millones de planes de millones de personas dispersaron los riesgos de equivocarse y la responsabilidad de no hacerlo.

Es verdad que la bonanza no alcanzó a todos, pero tampoco ha terminado. Todavía estamos a tiempo de aprovecharla si es que somos capaces de involucrar a todas las personas en la búsqueda de su propio bienestar. Al fin de cuentas, sólo la gente genera desarrollo. Si los recursos naturales pertenecen a todos los bolivianos, ¿por qué la decisión de invertirlos está solamente en manos de la burocracia?

One Response to “La bonanza que no alcanza”

  1. ronaldmendizabal Says:

    Reblogged this on BOLIVIA ECONOMICA.

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