El conflicto del TIPNIS

Luego de dos marchas y una contramarcha, sacudidas por la violencia y afectadas por la pérdida de vidas, después de dos leyes y una consulta forzada con prebendas y promesas, renuncias de ministros y masivas manifestaciones de solidaridad y apoyo urbano, las comunidades indígenas del TIPNIS todavía protagonizan uno de los conflictos más prolongados de los últimos años. Desde una posición muy desventajosa han puesto en jaque al gobierno con mayor poder político, económico y social de los últimos 50 años. ¿Qué podemos aprender de este caso?

Veamos lo que los protagonistas principales pusieron en juego en este conflicto. El tema visible es el de la carretera entre Cochabamba y Trinidad, ofrecida por muchos gobiernos pero que empieza a realizarse cuando el Presidente Morales decide adjudicar la obra a quien ofreciera construcción y financiamiento. Sin las engorrosas licitaciones ni los tediosos estudios de factibilidad, ingeniería e impacto ambiental, se firmó contrato con OAS porque venía acompañada del apoyo financiero del BNDES y el respaldo político del Presidente Lula. La Contraloría planteó 37 páginas de observaciones y comentarios y recomendó proceso administrativo para investigar responsabilidades de los funcionarios que intervinieron en el contrato, pero eso no impidió que OAS instalara campamentos y empezara su trabajo.
El gobierno plurinacional, con su decisión de llevar a cabo este proyecto, inició el conflicto, porque eludió obligaciones normativas, especialmente las que tienen que ver con la doble condición de Parque Nacional y Territorio Indígena de la zona, que se encuentra entre los dos puntos que la carretera pretende unir. Frente al gobierno se colocaron los indígenas mojeños, chimanes y yuracarés representados por la Subcentral del TIPNIS que, de acuerdo a la ley boliviana, son “propietarios colectivos” de ese territorio y cuentan con título ejecutorial firmado por el propio Presidente Morales.
Aunque el conflicto se centró en la carretera, no es ella la que está en juego. No comprenderlo es lo que impide hasta ahora un acuerdo que comprometa y satisfaga a las partes.
Para los indígenas lo que está en juego son sus derechos. Con las restricciones que implica la condición de parque natural y el carácter colectivo de la propiedad, saben que tienen derecho a ser consultados y a participar de manera determinante en las decisiones que afecten al TIPNIS, por lo que su rechazo no es a la carretera como tal, sino a lo que ella implica en cuanto a procedimientos previos y consecuencias de su construcción. Temen poner en riesgo su propia supervivencia colectiva si ceden en sus derechos.
Frente a eso, ¿qué puso en juego el gobierno? Se puede suponer su voluntad de integrar el país, expandir sus fronteras agrícolas y dinamizar su economía, e incluso su deseo de reordenar la distribución política del poder, reduciendo el rol de Santa Cruz en la economía del Beni. Y es posible admitir que, considerando que se trata de metas prioritarias, desdeñó los procedimientos suponiendo que tendría apoyo de la población, especialmente de las dos ciudades.
Supo rápido que no podía contar con ese apoyo y sin embargo persistió. Así dio lugar a que se difundieran las sospechas levantadas por ex funcionarios del Servicio de Caminos y por dirigentes del Movimiento Sin Miedo, de que importaba menos la carretera que el contrato y que el interés de fondo estaría en los millones que el mismo movilizaba. Junto a estas denuncias se levantaron otras, que aludían a interés de las petroleras, las madereras, los ganaderos y hasta los narcotraficantes. Estas denuncias no han sido comprobadas o no son plausibles. Ni las petroleras ni los narcos necesitan autopistas. Hasta el tema del contrato desapareció al romperse, llevando a OAS a rematar sus maquinarias y desmontar sus campamentos.
Y sin embargo, el gobierno insiste, lo que sugiere que su interés real no es el que ha expuesto, o más bien que ha ido cambiando a medida que se desenvolvió el conflicto: lo que hoy está poniendo en juego ya no es lo que puso al principio o a la mitad del proceso: su motivo se ha ido desplazando y cambiando. Por eso resulta difícil comprenderlo, en realidad tiene muchos motivos y su relevancia cambia.
Los indígenas del TIPNIS son menos de 3 mil familias. Se encuentran entre los más pobres y con menos acceso a servicios públicos del país. Son pobres y marginales. Viven cerca de los ríos Isiboro y Sécure, y por tanto lejos del trazo proyectado para la carretera, cuya construcción no les dará mayor beneficio. Tal vez por eso el gobierno pensó que podía meterle nomás y arreglar las cosas en el camino, demostrándose a sí mismo (sobre todo a sí mismo), que no todo es ceder a las presiones y gobernar obedeciendo. Y es posible que, poco a poco, a medida que las otras motivaciones se fueron disolviendo, la necesidad del poder haya quedado como la principal.
A estas alturas, con Chaparina de por medio, el gobierno ha invertido tanto capital político en este tema que ya le es imposible dejarlo, a pesar de que sabe que incluso ganar le significará una derrota. Los indígenas del TIPNIS marcharon por sus derechos. Desconocerlos solamente puede deshonrar a quien lo haga, mucho más si se trata de un gobierno que hizo de ellos su bandera.
Tal vez esto explique la dificultad para transformar el conflicto en diálogo y, desde afuera, para comprender un comportamiento que contradice tan abiertamente los discursos políticos y las promesas de campaña. En el fondo, el gobierno no ha reconocido nunca la legitimidad de los motivos indígenas y se ha concentrado en la carretera. Por su parte, los indígenas no pueden captar las motivaciones del gobierno, que se transforman y se desplazan, enmascaradas en la carretera. El diálogo, incluso el diálogo de facto que se genera en un conflicto, sólo es posible cuando las partes coinciden en la definición de lo que está en juego. En el caso del TIPNIS, ese algo es más que la carretera. Pero al gobierno le resulta imposible admitir que todo esto se ha reducido a tan sólo una cuestión de poder. Un poder que no puede perder frente a un adversario tan pequeño, pero que se mostrará como abuso si finalmente lo ejerce.
Sin embargo, no todos saldrán derrotados. La carretera abrirá las puertas a la destrucción del bosque para su conversión en tierras de cultivo. Esto tendrá un costo enorme para el país pero dará alivio a los colonizadores que las ocupen. Un alivio que se disipará cuando las lluvias se lleven su escasa fertilidad e inunden inútilmente los llanos del Beni. Habrá sido una ganancia efímera pero será tarde para volver atrás.

One Response to “El conflicto del TIPNIS”

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