La guerra del agua: El heroísmo inútil

aguaturrilesHan pasado 13 años (16 ya y contando) desde la guerra del agua. Muchos de sus protagonistas lograron sitiales de privilegio en las estructuras de poder y, otros, la fama. Los eventos de aquél abril fueron inmortalizados en fotografías, estudios, ensayos, cuentos y películas. Son parte de la historia. Pero han trascendido sobre todo por su forma: las movilizaciones, la emoción, los heridos, el heroísmo y la esperanza.
Sin embargo, nadie parece aceptar la mirada crítica sobre esos hechos: esa mirada que siempre se le reclama a la historia oficial porque se sabe que la realidad es siempre más intrincada que la imagen que nos formamos de ella. En parte, esto se debe a que los protagonistas de aquel entonces se niegan a reconocer los errores y las frustraciones, y prefieren seguir revestidos del barniz con que se le dio brillo a su imagen el año 2000.
Curiosamente, la población tampoco parece frustrada. Los que no tenían agua el año 2000, siguen comprándola cara y de mala calidad, como entonces. No saben lo que perdieron. Los que tenían agua aún la reciben, irregularmente pero barata, y poco les importa que la empresa tenga gestión participativa, ciudadana o sindical, ni que desperdicie la mitad del agua por fallas en la red de distribución. Distantes de ambos grupos y con razones para seguir festejando: los verdaderos vencedores de esa guerra, los dueños de pozos, vertientes y cisternas, los regantes, los privilegiados que controlan las aguas, que las siguen vendiendo sin pagar impuestos ni regalías, o que la aprovechan simplemente porque tuvieron los recursos necesarios para perforar un pozo o construirse un tanque. El sistema de producción y distribución de agua potable es hoy tan desigual e injusto como el año 2000, tal vez peor, porque sus perspectivas de mejorar son ahora menores por la desconfianza de los inversionistas y proveedores. Misicuni sigue siendo una esperanza. Ya se avanzó con el túnel y se levanta la represa, pero no sabremos qué hacer con el agua si las obras concluyen y seguimos sin ampliar ni renovar la red de distribución.
Es cierto que el contrato que se firmó con Aguas del Tunari fue malo. La urgencia política precipitó una negociación donde debió declararse desierta la licitación convocada para dar el servicio en concesión y, peor aún, llevó a que se impusieran y aceptaran cláusulas arriesgadas. La más importante fue la que vinculó la concesión del servicio de distribución a la construcción de Misicuni, porque eso fue lo que encareció todo el proyecto y obligó a la recategorización y el aumento de tarifas. Las autoridades creyeron que el anhelo por Misicuni lo justificaría todo y no fue así. Como ahora, los cochabambinos queremos Misicuni pero estamos poco dispuestos a pagar lo que cuesta.
No obstante, aquél contrato tenía muchos aspectos rescatables. Por ejemplo, un estricto cronograma de ampliación de la cobertura del servicio que debía permitir que el agua potable llegara el 2004 a más del 90% de los hogares de la ciudad, y contemplaba mecanismos de verificación de calidad del agua y del servicio, con premios y castigos.
Hubiera bastado desvincular la producción de la distribución de agua para reabrir la negociación y poner en marcha un contrato más adecuado a los intereses colectivos de Cochabamba. Pero no, tanto el gobierno como la Coordinadora del Agua se lanzaron a una confrontación destructiva. El gobierno defendiendo la integridad del contrato y sus adversarios la ruptura total del mismo y la expulsión de la empresa. Al final, ninguna de las partes estaba interesada en resolver el problema del agua pues dejaron que el conflicto los arrastrara hacia una cruda pugna de poder. El resultado, ya predecible entonces, tuvo repercusiones políticas directas, pero dejó intacto el problema del agua. Han pasado trece años y Cochabamba sigue siendo la ciudad de la escasez, con un servicio que apenas cubre la mitad de la población y una estructura de precios y distribución que castiga a los barrios más pobres de la ciudad y estimula el despilfarro en el resto.
Si observamos desde estos resultados la guerra del agua tendremos que admitir la inutilidad de ese heroísmo, la ingenuidad de quienes lo alentaron o, lo que es peor, la mala fe de quienes lo aprovecharon para lograr sus propios fines. En estos días seguramente leeremos reseñas, reviviremos en imágenes aquellas jornadas de esperanza, y escucharemos relatos variados de lo sucedido, y tal vez algún lamento de que las cosas no resultaran como se esperaba. No habrán autocríticas ni muestras de arrepentimiento, como si lo ocurrido hubiera sido una fatalidad del destino y no el producto de nuestra propia acción.
La cuestión es muy grave. La cantidad y calidad de agua es el principal determinante de las diferencias de mortalidad infantil en la ciudad. Tomando en cuenta esas diferencias, en marzo del 2000 advertimos que jugar a la política con el agua demoraría la solución a este problema y que eso implicaba que, cada mes, podían perder la vida unos 40 niños. Han pasado 156 meses desde la guerra del agua. aguaniño Por lo menos deberíamos dejar de lado las evocaciones complacientes, hacer una suma elemental y poner algo de urgencia y de vergüenza en este tema.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s


%d bloggers like this: