Otro Plan Regional!

Hace algunos días se realizó un evento infrecuente. Convocados por la Secretaría de Planificación de la Gobernación de Cochabamba y la ONG Idea Internacional, cerca de 50 personas nos reunimos para conocer dos documentos: una propuesta de visión estratégica para el desarrollo regional, elaborada por un grupo de consultores, y un borrador del Plan Regional de la Gobernación.

El evento duró cuatro horas y la atención de Cowork permitió que todos nos mantuviéramos con la mente abierta y concentrados en un activo e interesante intercambio de ideas.

El plan y la visión estratégica recogen proyectos y aspiraciones de largo plazo y no ignoran esfuerzos ya iniciados en anteriores gestiones. Tienen, por ello, una cierta continuidad, aunque también muestran que muchas iniciativas planteadas hace décadas no logran concretarse. Este es un tema que merece mayor reflexión.

En este comentario quisiera alentarla planteando la necesidad de concebir la perspectiva estratégica de desarrollo regional como una construcción social.

Asumo que, con los documentos presentados, sus autores quieren precisamente ayudar a que se construya colectivamente esa perspectiva, porque de otro modo ningún plan se hace realidad. En efecto, es posible que la frustración de los planificadores, o la existencia de una agenda de proyectos no realizados que se repite de uno a otro plan, se deban a que las propuestas técnicas de cada momento no llegaron a conectarse con las demandas y aspiraciones sociales.

Ni los planificadores ni las autoridades políticas han sido indiferentes a este problema. Lo prueban sus esfuerzos para desarrollar metodologías participativas con las cuales esperaban, justamente, recoger las aspiraciones y demandas sociales.

Sin embargo, el hecho es que no lo han logrado.

Tal vez sea tiempo de revisar el método. Las consultas, los talleres, las cumbres y otros mecanismos similares, incorporados como parte de la planificación participativa, reúnen a dirigentes de organizaciones sociales, quienes son colocados en la posición de tener que verbalizar las demandas de su grupo pero en términos que sean aceptables para el conjunto. Al hacerlo corren el riesgo de alejarse de sus representados y, para demostrar que tienen una visión amplia, recurren a los proyectos o las propuestas ya instaladas como parte del imaginario colectivo. El resultado es que poco a poco todos convergen hacia lugares comunes: los proyectos ya conocidos.

Estos mecanismos operan incluso con más fuerza en pobladores de base, porque suelen estar menos informados que los dirigentes y tienden a repetir lo que consideran “regionalmente correcto”.

Al final, los talleres y seminarios de participación y “validación” resultan un auto engaño.

Para superar estas dificultades es necesario prestar más atención a lo que la gente hace, y no solamente a lo que dice. La gente se expresa con más elocuencia y sinceridad con la billetera que con las palabras, por lo que pueden deducirse y comprenderse mejor sus demandas y aspiraciones observando su comportamiento más que atendiendo a los discursos.

La afirmación anterior puede ser mejor comprendida con un ejemplo.

Si se hicieran talleres en Cochabamba para auscultar la opinión de la gente sobre la rehabilitación del ferrocarril, posiblemente tendríamos un apoyo inmenso a tal iniciativa. Más aún en las zonas por las cuales se encuentra el trazado. Con ese apoyo político, no sería difícil dedicar una cuantiosa inversión pública a ese proyecto. Pero una vez funcionando, lo más probable es que el ferrocarril no tenga ni pasajeros ni carga para sostenerse. Los mismos que apoyaron con entusiasmo su rehabilitación seguirían usando los minibuses y camiones para viajar o llevar su carga, ya que en comparación el tren resultaría incómodo y costoso. Horarios rígidos, paradas sólo en estaciones, transbordos de la carga los desalentarían, para no mencionar las ventajas que representan para algunos productores las relaciones con transportistas comerciantes: crédito, recojo en finca, favores, etc. Y por supuesto la gente actuará en consecuencia con sus intereses, no con las palabras que expresó en el taller o seminario al que asistió meses o años atrás.

Con esto simplemente llamo la atención al principio fundamental de la economía: la gente hace lo que le conviene, responde a incentivos y evalúa los riesgos.

Por tanto, para que un plan o estrategia tengan efectos reales y sean asumidos como propios por la gente, deben reconocer sus intereses más que sus discursos, y diseñar las acciones políticas e institucionales que satisfagan esos intereses. Esto es válido para las inversiones públicas, pero más aún para las normas que regulan el funcionamiento de las instituciones. Un camino sin duda puede ampliar oportunidades pero también desviar esfuerzos, y su mayor efecto puede resultar menor al que tienen instituciones que no funcionan, regulaciones que traban iniciativas o acciones que generan incertidumbre, temor o malestar.

Un plan de desarrollo debe definir las prioridades de la inversión pública, pero tomando en cuenta sus posibles efectos sobre los comportamientos de los demás, ya que introduce factores en los mercados que pueden absorber o desalentar los esfuerzos de la gente. Por ejemplo, un programa amplio de compras públicas puede hacer que las importaciones para satisfacerlas sean más rentables que la producción industrial, que podría decaer justamente cuando se esperaba dinamizarla.

Por ello, más importante que el programa de inversiones es la puesta en marcha de un programa de ajustes normativos e institucionales que alienten a la gente a producir y a trabajar, por su cuenta, en asociaciones o con créditos.

En este momento es fundamental que la planificación tome en cuenta las razones por las cuales, habiendo tanta liquidez monetaria, hay tan pocas inversiones productivas. O por qué, si está creciendo el mercado interno, los esfuerzos económicos se dirigen más a importar bienes que a crear industrias o mejorar la producción interna. O, también, por qué hay tantas familias invirtiendo en la emigración de sus miembros más productivos. ¿A qué incentivos responden todos ellos? ¿Qué obstáculos enfrentan acá y hoy? ¿Qué hacer para removerlos? Más allá de talleres y seminarios, recordemos que en esas acciones y omisiones se están manifestando los intereses reales de la gente, aquellos que comprometen sus esfuerzos y recursos y que es necesario reconocer e interpretar. Si un plan de desarrollo no está supeditado a lo que la gente quiere, ésta seguirá haciendo lo que le conviene e ignorará el plan, otra vez.

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