Brasil: samba política

Brazil Confed Cup ProtestsEl malestar social tomó las calles del Brasil desatando un proceso imposible de predecir. Mi hipótesis es que el Brasil está viviendo una crisis de expectativas.

Obviamente, el malestar tiene fundamentos en la realidad económica y política del país y, sin duda, las acciones mediante las cuales se expresa tienen y tendrán efectos en esas mismas dimensiones. Pero en el fondo de ese malestar parece estar una disociación entre las expectativas que tiene la gente y lo que en los hechos percibe.

En los últimos años Brasil ha crecido rápidamente y ha podido distribuir los beneficios de ese crecimiento a través de diversos mecanismos. La clase media se amplió significativamente, con el ascenso de los pobres, y mejoró sus patrones de consumo. El optimismo caracterizó este proceso. La gente sentía que el gigante despertaba y se movía hacia el primer mundo. Que la potencia del sur estaba dejando de ser una posibilidad.

De pronto el proceso se desaceleró, bajó su ritmo y generó inquietud. Las críticas subieron de tono y se revelaron datos nuevos que sugieren que el éxito no ha sido tan grande como se creía y que persisten muchos problemas que, además, podrían agravarse. Lo que parecía una extraordinaria oportunidad de inversiones en turismo, imagen internacional y desarrollo de nuevos sectores de servicios, como el Mundial 2014, se ve como algo muy arriesgado, un gasto excesivo frente a tantos problemas. Y los destapes de corrupción dejan de ser casos preocupantes para convertirse en una explicación de muchos de los problemas, erosionando la confianza en la clase política y en el gobierno.

Un pequeño incidente, la represión a la protesta de un pequeño grupo de estudiantes, se convierte en la chispa de una explosión social en la que todos participan con sus propios motivos y argumentos. No hay un liderazgo claro, ni una organización. Como en Europa hace unos meses, las redes sociales aceleran procesos que antes necesitaban mucho tiempo y del rol aglutinador de los líderes, dando lugar al surgimiento de protestas masivas que hacen tambalear gobiernos pero que carecen de la capacidad para sustituirlos. Salvo cuando una organización logra montar la ola y presentarse como si fuera su motor. No parece ser el caso de Brasil.

Pero este malestar ya ha bajado las expectativas y ha puesto nerviosos a los inversionistas, a los ahorristas y a los analistas, de manera que todos empiezan a actuar según previsiones pesimistas. Obviamente, se cumplirán. No porque sean correctas sino porque la acción que emana de ellas las convertirá en realidad.

Pero económicamente Brasil no ha perdido la base estructural que alentaba su crecimiento. Tiene un mercado interno enorme y que aún puede crecer mucho si continúa integrándose, cuenta con recursos humanos altamente capacitados y ha venido construyendo una institucionalidad comparativamente eficiente.

Su problema es de expectativas y no es fácil, tal vez sea imposible, administrarlas.

Puede Bolivia contagiarse? Tal vez. Lo que ocurra con la economía del Brasil sin duda nos afectará, así que por ese lado el “contagio” es casi seguro. El otro contagio, el de expectativas, es menos probable. Obedece a lógicas más internas. Sin embargo, es importante recordar que llevamos siete años de exitismo político y que el lenguaje habitual ya es el de la presión callejera, cuya persistencia nos habla de inquietudes y malestares que están dispersos. Por lo menos por ahora, ya que uno nunca sabe lo que puede catalizarlos, llevándolos a que se fusionen a velocidades insospechadas.

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