El estatismo: una fe desconfiada

La fe en el Estado no sólo es parte de la cultura política en Bolivia, sino que se ha transformado en un verdadero culto. Si hubiera un catecismo cívico político, seguramente entre sus dogmas estaría el que el Estado debe ser el principal actor del desarrollo, el principal creador de empleos, el encargado de resolver desigualdades, en suma, el responsable de asegurar el bienestar de la gente. Pero es una fe desconfiada. La práctica de la gente no la ratifica.
Por eso, no es para nada sorprendente que en las encuestas de opinión la gente exprese, casi de manera automática, esa fe en el estado, incluso cuando al mismo tiempo muestren su molestia por el favoritismo, la corrupción o la ineficiencia que consideran también como algo intrínseco de entidades públicas. Algo así se captó en la reciente encuesta de opinión que levantó el centro Ciudadanía en el marco de un esfuerzo conjunto con Los Tiempos y CERES, y cuyos resultados se publicaron hace poco. Cuatro preguntas fueron destinadas a ese tema, indagando el grado de acuerdo del entrevistado con la administración de las empresas “más importantes”, la garantía del bienestar de la gente, la creación de empleos y la reducción de las desigualdades entre ricos y pobres. Entre 1 (desacuerdo total) y 7 (pleno acuerdo), la respuesta promedio de los cochabambinos fue de 5.13, lo cual representa, como lo señaló el analista Armando Méndez, una muestra clara del estatismo prevaleciente en Bolivia.
Sin embargo, me parece que hay algo notable en las diferencias. De las cuatro preguntas, tres alcanzaron grados de acuerdo superiores a 5 (e incluso al promedio), pero una está muy por debajo de las otras, con un grado de acuerdo promedio de 4.07. Se trata de la propuesta de que “el Estado boliviano, en lugar del sector privado, debería ser el dueño de las empresas e industrias más importantes del país”. La baja puntuación es más notable por el hecho de que se trata de una pregunta que tiene un énfasis en favor del estatismo al remarcar que se trata de las “más importantes”. Por lo tanto, podría deducirse que el estatismo detectado en las encuestas no se aplica por igual a todos los campos y que la gente discierne entre los roles que pueden cumplir los organismos estatales, mostrándose menos inclinado a una intervención económica.
Por otro lado, las cuatro preguntas citadas planteaban acuerdos generales, de principio, sobre lo que debería ser. La encuesta, sin embargo, incluyó otras tres preguntas destinadas a detectar las preferencias de la gente frente a opciones más concretas. Al entrevistado se le pidió, considerando “la información que tiene sobre la calidad de los servicios en Bolivia” qué haría en caso de poder elegir: enviar a sus hijos a una escuela pública o privada, recurrir a hospital o clínica pública o privada, preferir un servicio de seguridad pública o privada. Las respuestas contrastan con las más generales ya comentadas.
La gente se pronunció a favor de la escuela pública por un margen de menos de 2 puntos (lo que es un empate dado el margen de error de la encuesta que es del 4%), pero prácticamente duplicó la preferencia por la salud privada sobre la pública y, lo más notable, la preferencia por organismos de seguridad privada logró el 54.6%, superando ampliamente a la de seguridad pública (36.9%).
Estos datos matizan las conclusiones planteadas a partir de las primeras preguntas. La fe estatista es en realidad más verbal que práctica. Los bolivianos la expresamos con facilidad y seguramente en un cierto nivel de debate y comportamiento político también la apoyamos, pero cuando se trata de tomar opciones concretas, especialmente si tienen que ver con uno mismo o la familia, vamos o intentamos ir por un camino un tanto diferente. Tal vez esto explique algunas de las paradojas de nuestra política y la débil consistencia de proyectos y liderazgos que prestan más atención a los discursos que a las prácticas. Como alguna vez nos lo han recordado los que estudian migraciones, la gente no solamente vota en las urnas sino que también vota con los pies. Y habría que añadir que también lo hace con la billetera y el trabajo. Harían bien los políticos en tomar en cuenta estás otras maneras de votar.

El autor es economista, investigador de Ceres.

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