La dignidad comienza por casa

La Ley 348 es conocida por su tipificación del feminicidio, la forma más extrema y grave de violencia contra la mujer. Sin embargo, es una norma mucho más amplia que busca garantizar “a las mujeres una vida libre de violencia”.

La ley define varias formas de violencia, desde el hecho de ocultar información sobre los ingresos o las compras familiares, hasta el trato verbal humillante, incluyendo por supuesto todas las formas de violencia física. De acuerdo a esta ley, todos son delitos y sus autores son delincuentes que deben recibir los castigos que correspondan, desde la detención hasta el resarcimiento de daños.

La ley es tan dura que presume la culpabilidad del varón cuando hay denuncias de la mujer o de los hijos, y obliga a jueces y fiscales a establecer de manera expedita medidas de protección para ellas.

La dureza de la norma debería ser suficiente  para desalentar a los varones de cometer cualquier forma de violencia contra la mujer, sea patrimonial, psicológica, moral o física. Es cierto que los recursos para hacerla cumplir son escasos: no hay personal suficiente y los tribunales ya están sobrecargados de litigios. Es cierto también que hay una cultura en cierto modo tolerante hacia los violentos. Pero la baja probabilidad de que la denuncia prospere y llegue a la etapa de sentencia es compensada por  el rigor de las penas y la dureza de las normas. El violento puede pensar que tal vez no lo denuncien, pero debe saber que, si lo hacen, será severamente castigado.

Los datos recogidos en las encuestas del Foro Regional muestran que la proporción de mujeres que sufren violencia es inmensa, y comprueba que los hogares son, para muchas de ellas, también escenarios de sufrimiento y dolor. Eso no debe continuar.

La dignidad del ser humano y el respeto por su libertad individual, fundamentos de civilización y desarrollo, deben garantizarse, cultivarse y promoverse desde el seno mismo de los hogares.  Aunque es un desafío muy grande debemos reconocer que está al alcance de todos y cada uno de nosotros. Nos toca cultivar la no violencia y no callar cuando la conozcamos.

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