Subsidiando la inequidad

La decisión de eliminar los subsidios a los carburantes todavía tiene rasgos de pesadilla para el gobierno. Se la justificó en su momento por la cantidad de recursos que absorbía. El Presidente describió el subsidio como un “desangramiento”, porque implicaba cubrir con fondos del Tesoro General de la Nación la diferencia entre los costos de importar carburantes, especialmente diésel, y los precios de venta, que eran más bajos.

Es básicamente el mismo razonamiento el que ha llevado ahora a la decisión de eliminar los subsidios a la harina de trigo. El peso que tienen para las arcas fiscales es muy grande, sobre todo considerando que comenzó el fin de la bonanza exportadora y que esas arcas han empezado a encogerse. 

La eliminación del subsidio a los carburantes fue súbita y provocó el rechazo inmediato de la población. El gobierno retrocedió en su decisión y mantuvo el “desangramiento” que, al disminuir los precios del petróleo, también se ha moderado un poco. Esa experiencia tuvo un elevado costo político y lo menos que uno podría esperar es que se hubieran obtenido de ella algunas lecciones. Pero la decisión de eliminar el subsidio a la harina de trigo sugiere que no es así. Se ha decidido la eliminación súbita e inmediata del subsidio y se ha asumido una posición de fuerza. Y es que, a diferencia del caso de los carburantes, esta vez tiene un grupo social que puede amortiguar las protestas: el de los panificadores. El gobierno parece estar tratando de cargar sobre los panificadores el costo económico y político de su decisión. La propaganda sugiere que fueron ellos los que se beneficiaron del subsidio y que ahora estarían tratando de mantener sus niveles de lucro con precios más altos. Este argumento suena a una acusación muy grave en un país en el que la palabra “lucro” tiene connotaciones negativas y hasta de inmoralidad. Pero es también una acusación injusta, ya que el subsidio permitía imponer el control de los precios del pan, transfiriéndose de ese modo hacia los consumidores finales.

Es posible que en esta pulseta logre ganar el gobierno, manteniendo un cierto control sobre los precios y eliminando el subsidio, puesto que será muy difícil que los panificadores puedan enfrentar al mismo tiempo la presión de dos adversarios, el gobierno y los consumidores (que suelen expresarse a través de las juntas vecinales, comités de amas de casa y algunos sindicatos). El problema es que esa “victoria” puede eliminar del mercado a los productores más débiles, aumentando el desempleo y generando problemas de abastecimiento. Pero eso es de mediano o largo plazo y por tanto no aparece en un horizonte de preocupaciones que suele sumergirse en la coyuntura.

Creo necesario hacer notar que en la discusión sobre los subsidios se resaltan solamente los temas referidos al déficit fiscal y a la canasta familiar, y se hace invisible un tema que debería estar en el centro de la reflexión política y económica: el de la equidad. Los subsidios a los precios tienen efectos destructivos pues distorsionan el funcionamiento de la economía, alentando la ineficiencia y el despilfarro, y casi siempre agravan las desigualdades económicas. Si los carburantes son baratos, los consumidores pueden consumir más de lo que necesitan o despreocuparse de darles un uso eficiente. Y quienes aprovechan más del subsidio son los que mayor capacidad de consumo tienen. Para ilustrarlo, contrastemos el beneficio de quien utiliza un vehículo de gran cilindrada para pasear en la ciudad, quemando el subsidio a escape abierto, frente al de una familia campesina que camina kilómetros para llegar a la escuela o al mercado. Esto no es tan grave en el caso del pan, ya que se trata sobre todo del llamado “pan de batalla”, pero no sólo es posible que una parte de la harina subvencionada se desvíe para otros tipos de pan, beneficiando a los consumidores menos necesitados, sino que también se inhiba la búsqueda de alternativas que podrían competir con el pan en precio y valor alimenticio.

En síntesis, los subsidios son en general una mala política económica y por tanto es aconsejable eliminarlos. Pero hay que tomar en cuenta que la distorsión que ellos indujeron en el funcionamiento de la economía no desaparecerá automáticamente, sino que exigirá que los productores y consumidores se adapten a la nueva situación y ajusten su comportamiento a nuevas condiciones. Esto tiene costos y es necesario tomarlos en cuenta.

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