En la trampa del rentismo

El 2004 terminamos una investigación sobre el rentismo en Bolivia. Apenas se habían iniciado las exportaciones de gas al Brasil y aunque nada se sabía de los precios, el país estaba a punto de entrar a una gran bonanza exportadora.

imageAdemás de la puesta en marcha del gasoducto, aún era posible llevar nuestro gas hacia alguna planta de licuefacción en puerto que permitiera abrir los mercados del mundo a nuestra producción. Las empresas petroleras afinaban sus cuentas para intensificar la exploración y responder al crecimiento de la demanda que llegaría si se completaban los planes.

Las cosas fueron muy distintas, y aún así llegó la bonanza.Los precios subieron tanto que compensaron las oportunidades perdidas y le dieron al país un nivel de exportaciones casi tan elevado como el que se había calculado cuando los precios eran bajos.

Con las experiencias de otros países y de la propia historia boliviana, que registra otros ciclos de bonanza exportadora, advertimos del riesgo de caer nuevamente en lo que denominamos “la trampa del rentismo”. Las condiciones estaban dadas: se había confirmado una gran riqueza natural, persistía la desigualdad social, y el sistema institucional seguía siendo muy débil. La abundancia aumentaría las expectativas intensificando los conflictos, y éstos debilitarían aún más el sistema institucional, lo que a su vez erosionaría la calidad de la gestión, dificultando la aplicación de los planes y proyectos públicos. Además, los recursos tenderían a concentrarse facilitando su despilfarro, ya sea en grandes pero inútiles proyectos, o en importaciones de bienes de consumo que, a su vez, terminarían desplazando a los productores nacionales. Esto ya había sucedido antes en el país y en muchos otros lugares del mundo, por lo que era necesario buscar algo diferente.

Propusimos entonces una opción radical: distribuir las rentas de recursos naturales entre todos los ciudadanos, a medida que llegaran y en las cantidades que tocaran a cada uno, siendo por tanto variables en el tiempo. La idea era evitar los riesgos que representaba la abundancia, lo cual ya era mucho, pero también se trataba de crear nuevas posibilidades de desarrollo. La diseminación del dinero ampliaría el mercado interno a una gama mucho más amplia de bienes, cuya producción estaría al alcance de los artesanos y pequeños e industriales. El estado, libre de presiones rentistas, podría continuar un proceso de fortalecimiento institucional, estableciendo a través del sistema tributario una relación más fecunda con los ciudadanos, pues estaría basada en la rendición de cuentas sobre el uso de los impuestos. Y el impacto de inclusión y equidad social sería inmenso e inmediato.

La propuesta tenía, además, un sólido fundamento político y constitucional: los recursos naturales pertenecen al pueblo boliviano, es decir, al conjunto de los ciudadanos, y la única manera de garantizar que llegue a todos por igual es mediante la distribución directa. La posibilidad de que ello diera lugar a mayores expectativas se reducía explicando a la gente el origen de los recursos y, por tanto, de qué dependía que aumentara o decreciera la cantidad recibida.

¿Qué pasaría cuando se acabaran los recursos?, nos preguntaron algunos, considerando que no siendo renovables se agotarían tarde o temprano. La respuesta era sencilla: la gente lo sabría de antemano, y la economía se encontraría para entonces en un nivel muy diferente y con características estructurales mucho más fuertes.

Nuestras proyecciones y las que pedimos que hicieran algunos colegas por separado y siguiendo otros métodos, indicaban que al distribución directa permitiría un crecimiento muy dinámico de la economía, fundado sobre todo en la producción agropecuaria y manufacturera. Los estudios realizados sobre el uso que hace la gente de las transferencias directas, como el Bonosol o renta Dignidad en Bolivia, verificaban en los hechos lo que se observaba en los modelos econométricos. La gente es cuidadosa con su dinero y lo invierte con prudencia, porque su motivación principal es sacarle el máximo provecho posible. Eso no ocurre cuando el dinero llega con facilidad a una oficina burocrática cuyos técnicos, en caso de fracasar, simplemente serán trasladados cundo no mantenidos en el cargo sin que asuman responsabilidad alguna.

La propuesta fue recibida con escepticismo por algunos, y rechazada por la mayoría de quienes la conocieron. Notablemente, los políticos la rechazaron con más firmeza. No hubo diferencias entre los partidos, al parecer todos aspiran a ser ellos quienes manejen desde el gobierno los recursos, ya sea para ejecutar grandiosos planes de infraestructura, industrialización o servicios públicos, o incluso para distribuirlos, si fuera el caso, mediante procedimientos que garanticen una agradecida retribución política de los beneficiarios.

La propuesta no entusiasmó y los bolivianos nos dejamos atraer por el brillo de las rentas del gas: caímos en la trampa del rentismo. Aprobamos la concentración de las rentas en manos del estado, aunque descentralizándolas en parte hacia los gobiernos departamentales y municipales, y con ello los convertimos en objeto de presiones y conflictos. Una parte de los recursos terminó invertida en infraestructura, pero ésta se localiza más en función de presiones que de planes preestablecidos o a una racionalidad que tome en cuenta tanto las necesidades como las potencialidades. Muchas ciudades tienen avenidas, plazas y semáforos modernos, pero sus servicios de alcantarillado y provisión de agua siguen siendo tan deficitarios como hace 15 años. Hay escuelas y hospitales pero muchos no cuentan con el equipamiento necesario para funcionar adecuadamente. Las plantas industriales que ha creado el estado todavía está en su etapa de maduración, y los sectores productores nacionales no logran enfrentar la competencia del contrabando y las importaciones baratas, buscando sobrevivir mediante su inserción en el comercio o la construcción. El sistema financiero, cuya función principal es vincular ahorristas e inversionistas, ha tenido y tiene dificultades para hacerlo, obteniendo ganancias de otros servicios.

Caímos en la trampa del rentismo pero no es ni una maldición ni una enfermedad, como la describen en otros casos. Puede evitarse y vencerse, a condición de que reconozcamos su existencia, comprendamos su funcionamiento, y aprovechemos mejor las oportunidades que nos quedan.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s


%d bloggers like this: