Liberales en Bolivia

¿Hay liberales en Bolivia? ¿Quiénes son? ¿Dónde están? ¿Qué hacen?

El liberalismo fue cosa del pasado, nos decimos. Nos recuerda a Eliodoro Camacho e Ismael Montes. A un tiempo de sombreros de copa y polainas, cuando se lo expresaba sobre todo en demandas de libre cambio y actitudes anticlericales. Su expresión contemporánea fue etiquetada por sus adversarios como “neoliberal”, en tono de acusación e injuria, sin que nadie asumiera su defensa o justificara sus actos aludiendo a los valores de libertad individual y respeto a la ley.

La pugna entre nacionalismo y socialismo, unidos ambos por una práctica esencialmente estatista, ocupó todo el espacio político y dominó el debate contemporáneo pero dio lugar a representaciones institucionalmente débiles, más fundadas en proyectos personales que en valores. De ahí deriva el hecho de que el caudillo es la forma predominante del partido político en Bolivia. El liberalismo, promotor de la libertad individual y de una ciudadanía responsable, no parece tener cabida en este escenario.

Y sin embargo son millones los ciudadanos que buscan ampliar su libertad individual con la propiedad privada de tierras, viviendas y negocios o con la educación y la adquisición de profesiones libres, que eluden el despotismo del estado, de sus impuestos, aranceles y regulaciones, que evitan imponer a sus vecinos sus creencias y convicciones, y que sienten como abusos las cambiantes y caprichosas obligaciones que imponen, en franco desprecio por la ley y la seguridad jurídica, sus juntas vecinales, sindicatos o comunidades.

¿Puede entenderse este contraste como una confirmación más del viejo refrán que dice que “del dicho al hecho, hay mucho trecho”? ¿Estamos en verdad ante una disociación profunda entre práctica y discurso? Esos millones de ciudadanos, ¿son liberales en la práctica y estatistas en ideología?

La reciente encuesta del Foro Regional, una iniciativa de Ceres, Ciudadanía y Los Tiempos, permite buscar respuestas a esas preguntas, aunque sólo se trate de aproximaciones y búsqueda de pistas. En su extensa boleta, aplicada a una muestra de 1200 adultos en todo el eje urbano central del país, encontramos 19 preguntas que permiten identificar valores, preferencias y posiciones sobre la libertad individual, el rol del Estado, las opciones personales y las obligaciones ciudadanas, los derechos y las aspiraciones. Podríamos dedicarle tiempo a cada una de esas variables pero, para condensar el análisis, la estadística nos permite construir con ellas un índice previa estandarización de los resultados de manera que se muevan entre un mínimo de cero y un máximo de cien. Así, el índice es una suerte de medidor que promedia el grado de liberalidad que tiene cada persona, y permite luego obtener promedios agregados para grupos más amplios.

Como es natural, algunas personas pueden ser más abiertas y progresistas en el campo económico pero conservadoras en lo cultural, y habrá otras que se muestren mucho más tolerantes en lo político pero menos en lo religioso. Esto quiere decir que aunque dos personas tengan un mismo índice, digamos de 65%, no necesariamente piensan igual. Solamente quiere decir que el promedio de las 19 variables resultó igual para ellas.

Veamos los resultados.
De acuerdo a dicho índice, la población de los principales centros urbanos del país se inclina más hacia el liberalismo, aunque sin alejarse mucho del medio, pues el promedio general está cerca del 56%. Esto mostraría que no hay esa disociación que suponíamos entre la práctica y las ideas. Al contrario, podríamos decir que hay consistencia entre el dicho y el hecho.

Salvo cuando introducimos en el análisis la práctica política. Porque no deja de ser sorprendente que los datos nos muestren esa suerte de mayoría liberal considerando la prolongada predominancia de partidos y gobiernos con marcada tendencia estatista, sea que pongan mayor énfasis discursivo en el nacionalismo unos, o en el socialismo otros. Con pequeños intervalos, la política boliviana ha estado marcada por el estatismo desde 1952, si no antes. Y el debate cultural también, así como la formación cívica.

Observando con detenimiento el índice de liberalidad o liberalismo, se encuentra que dos tercios de los adultos representados en la encuesta se encuentran por encima del promedio. Los grupos con índices más bajos están formados por personas cuyo idioma materno no fue el castellano, que se encuentran trabajando en condición de dependencia y que son algo más jóvenes. Previsiblemente, encontramos también que mientras más lejos viven las personas de la sede de gobierno, tienen actitudes más liberales: el índice promedio es mayor en Santa Cruz que en Cochabamba, y en ésta más que en La Paz. La tentación del empleo estatal podría inclinar un poco más a creer en una más amplia intervención del estado en la vida económica y social.

Finalmente, cruzamos la información con otras variables de tipo político, como el apoyo a la democracia y a la legalidad. Encontramos que a mayor liberalidad hay también mayor respaldo por la institucionalidad y la legalidad. Esto quiere decir que hay una concepción de la libertad que reconoce que ella puede ejercerse mejor en un entorno de normas predecibles, y no se la asocia al desorden de acciones irrestrictas y puramente basadas en el interés individual.

De todo esto podríamos desprender tres conclusiones.
La primera, es que los bolivianos son más liberales de lo que se cree. La segunda, que no lo reconocen como un rasgo distintivo de su identidad política. La tercera, que aún si lo hicieran, tendrían dificultades para encontrar partidos o líderes políticos que los representen.
O tal vez sea éste el punto de partida para explicar las ausencias y paradojas. Si todos pugnan por ser estatistas y caudillistas, dónde se encuentran las alternativas?

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