La Haya: un nuevo desencuentro entre Bolivia y Chile

El fallo de la Corte Internacional de Justicia que admite competencia para tratar la demanda de Bolivia contra Chile, marca un nuevo hito en el largo y dañino desencuentro entre estos vecinos.lahaya
Es difícil pensar en dos países con tanto potencial para la complementariedad y el beneficio mutuo. Y es sorprendente que no hayan sido capaces de reconocerlo y acercarse. Basta una rápida mirada para darse cuenta de que en Chile escasea lo que en Bolivia abunda, del mismo modo que Bolivia carece de mucho de lo que le sobra a Chile. En cierto modo, eso fue lo que agitó la guerra a fines del siglo XIX, ya que en esa época no se concebía un “espacio vital” que no fuera cercado con fronteras. Chile ocupó territorios escasamente controlados por Bolivia y Perú, y generó el duradero trauma que nos mantiene alejados.

¿Cómo es que el Perú aligeró el recuerdo de una guerra que llegó hasta la ocupación de Lima? Tal vez porque perdió territorios que le eran marginales y logró pisar con fuerza en la Amazonía.
Para la formación nacional de Chile, aquella experiencia fue decisiva. Le dio cohesión y orgullo por la victoria de las armas, aliviando el peso de otras historias, menos dignas de memoria.

Para Bolivia, la experiencia fue muy distinta.

Es cierto que en 1879 no había mucha presencia estatal en el litoral boliviano, y es también cierto que se perdieron muchas más vidas y territorios más extensos en otras guerras, como la del Chaco, librada con Paraguay en los años 1930. Pero ninguna cambió tanto la condición geográfica del país como la guerra del Pacífico. Bolivia siguió siendo chaqueña, andina y amazónica pese a las pérdidas con Paraguay, Brasil, Argentina y Perú. Ante Chile perdió su condición marítima. Adicionalmente, si bien los efectos de tal pérdida no fueron muy grandes en 1904, y probablemente quedaron compensados con el ferrocarril y el libre tránsito acordados en el Tratado, lo evidente es que con el tiempo –y los cambios globales– la magnitud de la pérdida se hizo mayor y más perceptible. Bolivia no supo lo que perdió sino hasta muy entrado el siglo XX.

Esto es precisamente lo que ayuda a explicar que el trauma de aquella guerra, en vez de aliviarse, se haya hecho más difícil de soportar. Por eso mismo, también se ha hecho más fácil de invocar; la elite política boliviana apela a esa memoria cuando necesita fortalecer la idea de nación identificando un enemigo externo. Aunque se trata de un recurso de consecuencias perniciosas a largo plazo, ya que construye la unidad en la derrota y fortalece una identidad colectiva de víctima, también da réditos inmediatos de popularidad, una tentación que la mayoría de los políticos no puede eludir.

En este contexto, el rechazo de la Corte de La Haya a la objeción de competencia que planteó Chile es un hecho importante para las relaciones entre ambos países. Si bien la cuestión en juicio es la existencia o no del derecho (y la obligación) a negociar de buena fe, también lo es que Bolivia ha colocado a Chile en el banquillo de los acusados frente a un tribunal internacional, y lo ha hecho acompañado de una ofensiva mediática sin precedentes. La Cancillería chilena se concentró en los aspectos jurídicos del derecho tradicional, y no se dio cuenta de que cada gesto de firmeza suyo contribuía a reforzar la imagen que Bolivia en realidad está denunciando: que Chile es un país agresivo que no sabe cómo relacionarse con sus vecinos. Independientemente de cuán cierta o falsa puede ser esa imagen, el juicio la instala en la opinión internacional, y Santiago ha hecho poco para desmentirla. Incluso lo confirmó cuando la mayor parte de las reacciones al fallo preliminar se inclinaron por actitudes más autoritarias, exigiendo reparar el orgullo herido.

En esta trifulca ya registramos daños para ambos países. La imagen de Chile como una democracia de desarrollo dinámico y fuerte institucionalidad ha sido erosionada. Y el caudillismo populista que debilita la institucionalidad democrática y desperdicia las oportunidades de desarrollo en Bolivia tiene un recurso más para perpetuarse.

¿Pudo haberse hecho algo mejor? Sin duda, pero es tarde para discutirlo. ¿Qué hacer hacia adelante? La Corte ha dado a Chile unos meses para recurrir su fallo y redefinir su estrategia. ¿Habrá quién pueda proponer alternativas en este plazo tan corto? Ojalá, porque mientras tanto se agranda la distancia entre Santiago y La Paz, y también aumenta el costo de no aprovechar lo mucho que los dos países podríamos lograr juntos. Tal vez si partimos de esta pequeña idea encontremos la mejor opción, promoviendo cada día pequeños intercambios que nos integren, de tal manera que, cuando llegue el momento, sea irrelevante dilucidar qué entendemos por “acceso soberano” o por las “modalidades específicas de acceso soberano”, y ya no dependamos de los jueces para caminar juntos.

(Publicado en Revista Capital N° 406, de 2 de Octubre de 2015, Santiago de Chile. http://www.capital.cl)

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