El conflicto obrero

obrerosEl cierre de Enatex, y el consecuente despido de sus trabajadores, ha desatado un fuerte conflicto entre el movimiento obrero sindicalizado, agrupado en la COB, y el gobierno. Tres paros escalados y movilizados han abierto el diálogo pero éste, incluso si concluyera con un acuerdo, podría no cerrar el conflicto.

No me detendré a considerar las razones del fracaso de Enatex porque ya se han ofrecido suficientes análisis sobre el tema que, además, había sido anticipado. Como se sabe, la empresa nació como un intento de salvar Ametex pero desplazando a quienes la habían creado y ya conocían los desafíos de administrarla. Lo que quisiera explorar en este artículo es la naturaleza del conflicto actual. A primera vista la COB recoge el problema de los obreros despedidos y sale en su defensa. ¿Es eso todo? Hemos tenido paros, bloqueos y enfrentamientos con heridos, detenidos y destrozos antes de que se le diera oportunidad al diálogo. ¿No habrá algo más?
El gobierno enfrenta la dificultad de sostener una empresa que ya se tragó varios millones y que no encontró nunca los mercados solidarios que se imaginaron, y también la dificultad de tener que modificar otras normas legales como lo exige la COB.
Para los obreros hay mucho más en juego. Ametex era la empresa industrial más grande del país y quizás la única que estaba llegando a los mercados más exigentes en un rubro de enorme competencia. Por esos estándares, el trato a los obreros y a los talleres con los que se relacionaba era muy cuidadoso. Como otras empresas globales, estaba expuesta a denuncias y demandas que podían afectarla. En cierto sentido, era una suerte de imagen objetivo de lo que podía ser la industria boliviana. Pero si la mejor y más grande se desmorona, la vulnerabilidad del resto queda expuesta. Si la empresa líder cae, aún teniendo todo el apoyo político y económico que puede dar el gobierno, ¿en qué quedan las demás? Con el cierre de Enatex los obreros han percibido la fragilidad de su condición. Puede entenderse entonces que todos se hayan sentido afectados y salgan a las calles, incluso a pesar de su dirigencia.
Por otro lado, los obreros han sido aliados del gobierno pero no han sido beneficiados por su política económica. La política salarial ha incrementado varias veces y de manera muy significativa el salario mínimo, ha incluido el doble aguinaldo y ha dificultado los despidos. Pero estas buenas intenciones han empedrado el camino del desempleo. El aumento de los costos laborales desalienta inversiones o empuja a las empresas a buscar mecanismos alternativos para ahorrar mano de obra, especialmente la de aquellos trabajadores más caros, los más antiguos y experimentados. Sólo así se explica que, sin haber reducido su participación en el producto total, haya caído significativamente la participación de la industria en el empleo. El 2005 por ejemplo, el 16.7% de la población ocupada urbana eran obreros industriales, reduciéndose esa proporción al 13.2% para el 2012 (datos de UDAPE). Entre los varones la caída es bastante mayor.
A su vez, los salarios reales, es decir, medidos por su capacidad adquisitiva, tampoco mejoraron para los obreros. Los datos del INE indican que, en promedio, el poder adquisitivo de los salarios reales en la industria textil y de calzado era, el 2015, sólo el 87% de lo que era 10 años antes. En la industria química es aún más bajo: 78%. El aumento del mínimo y las políticas que supuestamente protegen a los trabajadores prohibiendo su despido, han tenido un efecto adverso. Para los empleadores, la imposibilidad de despedir trabajadores aumenta el riesgo de contratarlos. Y en la base de la pirámide los jóvenes se encuentran compitiendo con los más experimentados, obligados a aceptar salarios de principiante. Esto es lo que explica el descenso del salario medio en términos reales.
Ahora bien, en el diálogo COB-Gobierno se están tratando los temas inmediatos del conflicto: el empleo para los obreros de la empresa cerrada, el régimen de permanencia de los demás. No hay cabida para los problemas de fondo, y posiblemente tampoco están dispuestos a tratarlos, ya que ello supone reconocer las paradojas del mercado laboral y las contradicciones de la política económica. Si, como hemos visto en estos años, la inamovilidad causa desempleo y el aumento de salarios impuesto por la fuerza termina bajándolos, lo que se necesita es un cambio de políticas que promueva la inversión manufacturera y permita su integración a mercados más grandes con tasas de cambio realistas. Sólo así aumentarán las oportunidades de empleo y, con ellas, las remuneraciones. Hacer más rígido el mercado laboral, aumentar remuneraciones sin tomar en cuenta la productividad y el acceso a los mercados, proteger la industria con mayores aranceles o promover créditos para el sector servirá de poco si sigue siendo más rentable importar que producir, si nos aislamos de los mercados internacionales y si seguimos poniendo presión laboral y tributaria sobre los pocos industriales que quedan.
Abierto el diálogo, ¿no será posible abrirse a una reflexión más amplia?

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