Las nubes negras de la economía

En El Financiero de La Razón me preguntaron por las tres principales fuentes de riesgo que percibo para la economía boliviana el 2017. Respondí diferenciando el corto, el mediano y el largo plazo:
En el corto plazo, el mayor riesgo para la economía boliviana proviene de nuestro sector de comercio exterior <<more>>. Si continúan cayendo las exportaciones y se mantiene el cambio fijo, el déficit comercial seguirá aumentando, lo que a su vez seguirá reduciendo las reservas internacionales, lo que no solamente tiene incidencia económica sino también psicológica. El problema no depende únicamente de los precios internacionales sino también de las cantidades de producción y venta, lo que a su vez exige poner atención en la magnitud de los recursos disponibles para explotación y en las relaciones contractuales que tenemos con el resto del mundo.

Afrontar este riesgo no es fácil. Modificar la política cambiaria, volviendo a la flotación, puede ser políticamente traumático, no es posible aumentar reservas rápidamente porque las inversiones en exploración son complejas y requieren tiempo, y nada asegura que logremos ventajas suficientes para eliminar estos riesgos en los nuevos contratos.

En el mediano plazo el riesgo proviene del déficit fiscal. El aumento en el gasto público ha creado rigideces políticas que, obviamente, disminuyen la capacidad de adaptación que pueda tener el gobierno a las nuevas situaciones. Y el énfasis que puede ponerse en una “inversión” de dudoso rendimiento puede terminar comprometiendo aún más el futuro, ya que es poco probable que esas inversiones sean capaces de cubrir su financiamiento y terminemos con una deuda pesada que, a su vez, pondrá presión sobre los ingresos fiscales.
Este riesgo puede enfrentarse con acciones rápidas y decisivas de reducción del gasto público, incluyendo inversiones estatales, y de estímulo y apertura a la inversión privada, tanto nacional como, sobre todo, extranjera.
Si no se hace esto, y por el contrario se opta por aumentar la presión tributaria para compensar el déficit con mayores ingresos fiscales, lo más probable es que los riesgos aumenten y el daño sea mayor.

En el largo plazo el riesgo está en la vulnerabilidad y dependencia de nuestra base económica. La trampa del rentismo en la que caímos durante los pasados años de bonanza han debilitado los sectores agrícola y manufacturero. Nuestro mercado se ha vuelto adicto a las importaciones y traemos choclos y cebollas del Perú y poleras de la China. El de Ametex no es el único caso de desindustrialización, es sólo el más notorio.
Enfrentar este problema requiere de una política de apertura al exterior y a la iniciativa de la gente mucho mayor y más prolongada de la que hemos tenido. Y si bien es posible que el neonacionalismo de la administración Trump modifique en algo los patrones globales de integración, nuestra economía es tan pequeña que podría adaptarse a esos cambios. Pero eso exigirá la flexibilidad que sólo pueden dar miles de actores económicos actuando libremente, no un actor pesado y burocrático comol el Estado intervencionista.

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