¿Por qué fracasa el marxismo?

gulagTodas las experiencias marxistas han fracasado y es necesario explicarse por qué, sobre todo a que a pesar de esa terrible historia, mantiene vigencia y moviliza grupos, organizaciones y líderes. En efecto, cualquiera que sea el parámetro con que se las evalúe, las experiencias históricas construidas desde el marxismo han fracasado y lo siguen haciendo. Este artículo ensaya una respuesta.

Hace unos días se abrió en el Facebook un interesante intercambio de ideas acerca del marxismo, a partir del reclamo de que, quien quiera reivindicar las teorías derivadas de la obra de Marx, debería primero saldar cuentas con la historia. Con ello aludía a los numerosos experimentos autoritarios que desembocaron en masacres y genocidios además de terminar en frustraciones y fracasos de altísimo costo para sus sociedades. De inmediato aparecieron los defensores de la teoría para debatir si Lenin, Stalin o Trosty tenían razón, o si Althousser, Poulantzas, Negri y otros autores recientes habían logrado actualizar el pensamiento marxista. No faltaron los que, criticando el eurocentrismo de Marx, de todos modos lo reivindicaron aludiendo al carácter complementario de los estudios sobre etnicidad y colonialismo.
El punto central del debate, sin embargo, quedó sin respuesta. La cuestión no tiene que ver con la lógica interna de la teoría, sino con los resultados históricos de su aplicación política y económica. Con la persistencia de su fracaso y su destructiva tendencia hacia el autoritarismo y la violencia política.
Es evidente que las experiencias marxistas han fracasado pero pese a esa terrible historia, signada con frecuencia por violencia, genocidios, masacres, asesinatos y hambrunas, aún tiene vigencia y moviliza grupos, organizaciones y líderes. Bajo cualquier parámetro de evaluación, las experiencias históricas construidas desde el marxismo han fracasado y lo siguen haciendo. Podría exceptuarse de tan lapidaria afirmación el éxito que ha tenido y tiene el marxismo para la movilización política, pues sin duda alcanzar el poder y gobernar países y regiones enteras debe considerarse un éxito político. Pero incluso ése es un éxito pasajero, limitado temporalmente, como lo prueba la conversión en dictaduras de muchos regímenes que nacieron de revueltas populares. ¿Cómo podría considerarse políticamente exitoso a un régimen que nace arropado en entusiasmo de multitudes y que al poco tiempo se refugia en la represión, la persecución y el asesinato de los opositores? Podría decirse que, en el mejor de los casos, el marxismo (en sus derivaciones leninistas, maoístas o castristas) puede servir para la agitación opositora y la toma del poder, pero solamente para eso. A no ser que se consideren logros del marxismo las respuestas que logra obtener de sus adversarios en el gobierno a partir de la protesta y la demanda social, como por ejemplo la jornada laboral limitada, los seguros de salud, etc.
La promesa fundamental que hace el marxismo, de llevar la justicia y el bienestar a las sociedades, y sobre todo a los más desposeídos, no ha sido cumplida nunca. Al contrario, en muchos casos ha terminado llevando a sus supuestos beneficiarios a peores condiciones de vida, como sucedió en Europa del Este, las repúblicas soviéticas, Camboya y Cuba, y está sucediendo en Nor Corea y Venezuela, para no mencionar experiencias africanas que se basaron, precisamente, en esa fusión de la lucha anticolonial, las identidades tribales y el marxismo.
Habitualmente, el debate sobre estos fracasos se ha concentrado en condiciones específicas a cada caso y, frecuentemente, ha concluido denunciando a los fracasados como falsos marxistas, desviacionistas, reformistas, o adjetivos que denotan su impureza o peor aún su traición al profeta.
Sin embargo, creo que el hecho de que todas las experiencias terminaran en fracaso no puede deberse a factores accidentales o complementarios, y menos a las condiciones personales o psicopatológicas de sus líderes o a las peculiaridades nacionales. Es necesario detectar algún elemento que sea también común a todos pero que esté en su origen, no en su desempeño.

El problema está en el núcleo de la teoría
Mi hipótesis es que ese elemento común, que explica también la comunidad de fracasos, se encuentra en el núcleo mismo de la teoría marxista, que es su teoría del valor trabajo y, más específicamente, en su teoría de la explotación. Por supuesto, la obra de Marx es mucho más vasta y compleja pero fue él mismo el que enfatizó que la piedra angular de su pensamiento, y la que consideraba su mayor contribución científica, era la teoría del plusvalor o plusvalía.
La teoría de la plusvalía, que es como se llama a la teoría marxista del valor trabajo, parte de una afirmación que es, en realidad, un axioma: solamente el trabajo genera valor. Y plantea que, en el proceso capitalista, donde el trabajo se presenta en su forma más pura, despojado de propiedades y reducido a jornada de esfuerzo fijo, todo trabajador genera más valor que el necesario para reproducir la fuerza de trabajo que materializa en el proceso productivo. Marx denominó plusvalía a esa diferencia entre el valor generado y el costo de reproducir la fuerza de trabajo, y denominó explotación a su apropiación por parte del capitalista, que según él se basaría en el único mérito de ser el dueño de los medios de producción.
Marx desconoce absolutamente la función empresarial, de organización y gestión, que podía desempeñar el dueño de los medios de producción, y también rechaza la posibilidad de que la inteligencia, la creatividad y la imaginación puedan desempeñar funciones creadoras de valor, pues todo lo reduce a un promedio: el trabajo socialmente necesario, como si la acumulación de conocimientos y el desarrollo de la ciencia y la tecnología simplemente brotaran de forma automática a partir de su diseminación en la sociedad.
Así pues, en la teoría de la plusvalía descansa la convicción de que los empresarios y comerciantes son prescindibles y de que “el desarrollo de las fuerzas productivas” puede ser algo autónomo de la actividad productiva misma. En esta concepción, la ciencia, mediante la tecnología, puede aplicarse a la producción, pero es independiente de ella. También consideraba que los comerciantes, como actores de la circulación de bienes, solamente contribuyen a la “realización del valor”, sin aportar verdaderamente a generarlo. Por lo tanto, desde un punto de vista económico, todos eran prescindibles y desechables salvo los trabajadores manuales, el proletariado. Conscientes de que esto era insostenible, otros autores tratarán de expandir la idea de trabajo y valor, tratando de hacer decir a Marx más de lo que dijo y de mostrarse fieles al fundador mientras “actualizaban” o “interpretaban” sus ideas.
Notablemente, en la teoría de la plusvalía también descansa la justificación de la lucha de clases como una acción política dirigida a eliminar al adversario, ya sea físicamente o ya sea socialmente, expropiándole. Si la propiedad privada de los medios de producción es la fuente de toda explotación, basta con eliminarla para que todo el valor que se genere en el proceso productivo pueda ser aprovechado por la sociedad en su conjunto. Con mayor razón si, despojados de propiedades y privilegios, todos se convierten en trabajadores, “aportando según su capacidad y recibiendo según su necesidad”, como dirían los panfletos.
Por lo tanto, es en la teoría del valor que se encuentra el principio autoritario que justifica las dictaduras, y es ahí también que se encuentra la razón principal de su fracaso económico. Ausente el empresario organizador de la producción, reemplazado el mercado por la planificación burocrática, el axioma de que sólo el trabajo produce valor se derrumba, resulta inservible, prueba su falsedad. Los líderes marxistas, una vez a cargo del poder estatal, pueden extender las jornadas laborales, reducir los salarios, abolir el comercio (que en su esquema no produce valor alguno), expropiar a los campesinos obligándoles a entregar su producción a cambio de migajas, pero no logran aumentar el valor de lo que producen, ni siquiera creando nuevas formas de medición subjetiva o acorde a las necesidades políticas de los burócratas de turno. Las economías socialistas languidecen y las condiciones de vida de la gente se deterioran. Las innovaciones dependen de la piratería tecnológica o de esfuerzos extraordinarios de científicos y técnicos que trabajan casi aislados. Al final, ahogados en su propia frustración, terminan abriéndose al cambio. A veces bruscamente como en el caso soviético y euro-oriental, y a veces de manera controlada, como ocurre en China y Vietnam.
En los procesos socialistas revolucionarios, curiosamente, quienes denunciaron con entusiasmo el fetichismo de la mercancía, cayeron víctimas de su propia fetichización del capital, pues se convencieron de que la innovación, el desarrollo de la productividad, la búsqueda de mercados no son funciones desempeñadas por el capitalista sino que se encuentran encerradas en el dinero, y que basta comprar máquinas e instalar fábricas para que ellas funcionen con eficiencia. En todas las experiencias marxistas e inspiradas en el marxismo se registran elefantes y hasta dinosaurios blancos, que terminan como tristes recuerdos de un experimento fallido.
Algunos movimientos de origen marxista han logrado eludir parcialmente estos problemas, pero ha sido solamente debido a que ignoraron totalmente ese núcleo, alejándose de su influencia. Me refiero a los movimientos socialdemócratas que no tratan a los empresarios y comerciantes como si fueran enemigos ni a los campesinos como una pequeña burguesía desechable. Al contrario, cuanto más aceptaron su importancia, mayor éxito y permanencia han alcanzado, concentrando sus esfuerzos ya no en superar la “explotación” sino tan sólo en atenuar las desigualdades o en dar protección a los más vulnerables. Esto quiere decir que tales experiencias, lejos de demostrar la validez del marxismo como teoría, hacen precisamente lo contrario, porque ha sido al alejarse de su núcleo teórico que lograron evitar el fracaso en que cayeron los demás.
Si en el núcleo de la teoría está la razón del fracaso del marxismo, ¿tiene sentido repetir promesas sabiendo que no se cumplirán? ¿No es caer en el peor autoengaño repetir un camino que condujo a todos al fracaso, con la ilusión de que esta vez será diferente? Los marxistas no solamente tendrían que asumir con sentido crítico su propia historia y reconocer los daños que causaron sus teorías, sino que tendrían que abandonar el axioma doctrinal sobre el que están construidas, tendrían que hacer verdaderos autos de fe. Como lo es, en cierto modo, éste.

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One Response to “¿Por qué fracasa el marxismo?”

  1. Jorge Luis Ferrari Says:

    No lo van a hacer, no van a revisar la validez o invalidez basandose en la experiencia (no tienen por que hacerlo, el marxismo mismo es un instrumento de poder basado en una promesa muy económica para el político)….. Ademas una persona convencida de algo jamás cambia sus “principios”.

    La teoría del plus valor apela al sentimiento revanchista y de envidia y otros sentimientos que a la población de bajos recursos e ignorante se le hace muy dulce abrazar.

    Pero si hay un robo gigantesco que hizo el FED (Los agentes privados que emiten el dólar) al hacer emisión inorgánica de dinero con el único fin de ROBAR (Hacerse ricos sin haber hecho otra cosa que emitir billetes verdes). Una trampa en la que el mismo gobierno de EEUU no pudo zadarse.

    Al analizar las trampas que tiene el cerebro cuando argumenta, las personas polarizan sus posiciones sin comprobar la veracidad de sus axiomas. Y es que aun somos una especie primitiva que no funciona con argumentos realistas, sino con frases que permiten la supervivencia de posiciones políticas.

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