Coca, seguridad alimentaria y medio ambiente

Entre los prejuicios más difundidos sobre la coca en Bolivia es que su cultivo agota los suelos y desplaza la producción de alimentos. Las evidencias al respecto no respaldan tales ideas.

El impacto ambiental de la coca fue estudiado por Lidema y publicado en 1990. Se encontró entonces que, efectivamente, los suelos en los que se había cultivado coca necesitaban un largo descanso pues poco podía cultivarse en ellos. Pero también se encontró que esos suelos eran ya muy pobres antes de que se cultivara la coca. Su conclusión fue que la coca no era exigente con los suelos y podía cultivarse en terrenos muy pobres en nutrientes. Y puesto que se trataba de un cultivo de largo plazo que podía cosecharse durante varios años, resultaba tener un impacto agrícola más moderado que el de otros cultivos anuales o que requerían ciclos biológicos completos, es decir, hasta que la planta diera frutos.

En los Yungas el impacto se moderaba todavía más por el uso de terrazas que disminuyen los riesgos de la erosión. Las terrazas, más que a la cultura, respondían a la lógica económica. Se invertía en ellas por el valor del cultivo y la certidumbre jurídica que daba su carácter “tradicional”, libre de erradicación. En contraste, en el Chapare nadie invertía en obras que protegieran los cultivos por la inseguridad, la permanente amenaza de erradicación. El impacto ambiental no depende solo de la biología sino también de la política.

Otro mecanismo de impacto ambiental está asociado a la deforestación. El cultivo de la coca destruye bosque primario, pero no es ésta una característica propia de este cultivo, pues todos lo hacen. Lo que habría que tomar en cuenta es que se requieren extensiones más grandes con otros cultivos si se quiere obtener el mismo valor que con la coca.

Por otro lado, la coca desplazaría otros cultivos solamente en caso de que se sembrara en zonas agrícolas previamente ocupadas. En Bolivia no ha sido ése el caso, pues los cultivos de coca estuvieron asociados a procesos de colonización, y por tanto de expansión de la frontera agrícola. Incluso en el periodo del boom de la coca, en los años 1980, los datos mostraron que el aumento de cultivos de coca estuvo asociado al aumento de cultivos de arroz, banana, naranja, palta, yuca y otros productos tropicales. Y esto fue así por una característica típica de la producción campesina de pequeña escala: la de su diversificación productiva. La economía campesina reduce los riesgos de la actividad agrícola mediante la diversificación, de manera que el campesino cocalero siempre fue además arrocero, yuquero, frutero, etc. Es muy difícil que este comportamiento cambie porque los mercados, legales e ilegales, son muy inestables en precios y demanda. Por lo tanto, el efecto de la coca sobre la seguridad alimentaria parece haber sido más bien el inverso al que suponen los prejuicios.

Esto podría cambiar si es que los cultivos de coca pasan poco a poco a manos de grandes terratenientes o al control de agricultores de gran escala, ya que en esos casos la magnitud de los ingresos compensaría los riesgos.

Un problema serio de la nueva Ley de la Coca es que no fija límites a los cultivos individuales, como lo hacía el compromiso (nunca formalizado legalmente) de Carlos Mesa. Entonces se asignó un cato por familia. La nueva Ley, en el límite, permitiría que una sola persona cultive 7300 hectáreas, dejando al resto fuera de la ley. Es por eso necesario que se formule inmediatamente la reglamentación de la ley, de manera que los campesinos que cultiven coca lo hagan bajo normas muy precisas en cuanto a sus derechos (extensión, renovación y venta) y a sus obligaciones (extensión, uso de pesticidas, preservación ambiental, títulos e impuestos prediales, etc.).

Hay que tomar en cuenta que, si la experiencia dice algo, la legalidad de cultivos puede moderar el impacto ambiental y mejorar la oferta alimentaria. Y la certidumbre jurídica puede a su vez reducir las posibilidades de que se abuse y manipule a los agricultores, permitiéndoles desarrollar comportamientos orientados por perspectivas de más largo plazo.

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