¿El fin del populismo? Un nuevo libro

Oporto H.-El fin del populismo-Invitación Sta. CruzEdiciones Plural acaba de presentar un libro estupendo con ese provocador título. El mismo reúne ocho estudios de gran calidad, con un sólido bagaje empírico y analítico y con gran consistencia metodológica. Los autores reúnen una infrecuente combinación de formación profesional y técnica y de experiencia directa en el diseño y la gestión de políticas públicas al más alto nivel. Y aunque ofrece diagnósticos muy precisos, lo que le da verdadera fuerza es su orientación propositiva, invitando a pensar en qué es lo que queremos que venga ahora, y qué debemos hacer para construir ese futuro.

Los autores concentran su atención en sectores tradicionales: energía e hidrocarburos a cargo de Mauricio Medinaceli, Hugo del Granado y Francesco Zaratti, minería a cargo de Jaime Villalobos. Y otros de gran potencial, como turismo y software, a cargo de Fernando Candia, José Gabriel Espinoza y Henry Oporto, sin olvidar el fundamental sector agrícola, explorado por Gonzalo Flores. Cada uno de los autores despliega su experiencia y creatividad para ofrecer propuestas, aveces de política y a veces incluso más específicas, de proyectos concretos. Esto, como dije, le da un valor excepcional al libro. Henry Oporto fue el organizador y editor y el sólo hecho de haber convencido a los otros siete de trabajar en un esfuerzo conjunto es prueba de una gran capacidad de articulación intelectual y política.

Quisiera comentar una cuestión que se aborda en el último capítulo, escrito precisamente por Oporto: el de las condiciones de apertura de un mejor futuro y de cómo lo queremos.

En general, los trabajos del libro nos muestran el fracaso del populismo en su más reciente versión boliviana. Un fracaso evidente por el nivel de desperdicio de oportunidades que se observa cuando uno compara la magnitud de recursos utilizados y sus magros resultados. La bonanza está terminando y nuestra economía es hoy más dependiente y vulnerable que antes. La capacidad productiva se ha deteriorado y la expansión del mercado no ha sido aprovechada por los inversionistas a pesar de la abundancia de crédito. Las importaciones disimulan el deterioro productivo y la política salarial, lejos de mejorar la situación de los trabajadores, la ha deteriorado. Las inversiones productivas públicas, en su mayoría, naufragan o exigen subsidios y refuerzos adicionales, como lo describen en el libro.¿Por qué este nuevo fracaso?Henry Oporto ensaya una respuesta: la institucionalidad.

Apoyado en un estudio de dos connotados investigadores, apunta a la debilidad institucional como el principal problema. Una debilidad inherente al sistema de instituciones y normas que fue adoptado hace muchos años y que tendería a perdurar en el tiempo. Sobre esa base aboga por la necesidad de reconstruir las instituciones, restablecer una institucionalidad republicana, recuperar el estado de derecho. Es difícil no estar de acuerdo con tales propuestas.

Pero es importante advertir el riesgo de que una demanda de fortalecimiento institucional sea interpretada como una demanda de fortalecimiento del estado. Ese remedio puede ser peor que la enfermedad. Ya lo vemos en organismos públicos que han modernizado y digitalizado sus procedimientos y trámites. Siguen siendo engorrosos pero el funcionario tiene menos posibilidades de discernir y actuar sobre los problemas, todo está “en el sistema” se excusan. Y peor aún es el intento de algunas autoridades de reemplazar las decisiones del ciudadano, protegiéndolo y cuidándolo como si fuera un niño.Lo que hay q afirmar es la primacía de la ley, del derecho de las personas, de la transparencia y universalidad de la norma. Hay que evitar que se confunda fortalecimiento institucional con fortalecimiento de los organismos públicos. Son cosas distintas y pueden ser opuestas,

Pero es más profundo el problema de la persistencia de la débil institucionalidad. No basta suponer que “están porque estuvieron” y que la inercia es más fuerte que la voluntad. En realidad, si las cosas están así es porque nos conviene! Porque ganamos con esa situación. Y por eso los bolivianos invertimos mucho esfuerzo en que nuestras instituciones sigan débiles. No me refiero, por supuesto, a todos los bolivianos. Es claro que no todos ganamos por igual. Me refiero sobre todo a las elites, a las viejas y a las nuevas, a las políticas y a las económicas, a las corporativas y a las intelectuales, a las tradicionales y a las emergentes. Hay cambios y recambios de elites, se reemplazan unas por otras, pero al final encontramos que todas caen en la misma tentación: controlar las riquezas naturales desde el estado. Es a partir de ese control que diseñan sus programas y propuestas… y terminaron fallando. Porque para acceder a una parte de esas rentas, nos conviene más una institucionalidad débil, que no pueda resistir ni la corrupción ni las presiones corporativas.

Ahí radica la explicación de tantos fracasos. Todos los elefantes blancos que levantamos respondieron a una demanda social, regional o empresarial. Desde hace más de 12 años insisto en que no romperemos este círculo si no disolvemos esa tentación, distribuyendo las rentas de los recursos naturales entre todos los ciudadanos, y convirtiendo al Estado en dependiente de la sociedad, en su servidor. Esta idea era muy extraña entonces pero la experiencia de estos años la muestra factible.

Además, ahora hay todo un movimiento mundial que propone establecer un ingreso básico universal. En Suiza lo rechazó el electorado (pero ya llegó a ese nivel), y en Finlandia, Canadá y la India lo están experimentando. En esos países se plantea la propuesta como un mecanismo de reintegración social, de inclusión social en una sociedad de abundancia. Y se espera que la abundancia pueda redistribuirse usando mecanismos institucionales de imposición y subsidios. No es nuestro caso. Estamos lejos de esa abundancia y carecemos, precisamente, de los mecanismos institucionales para ello. Pero no es tarde para marcar una pauta si admitimos este principio fundamental: “la propiedad común sobre los recursos naturales, de lugar a un derecho común sobre sus rentas“. Podemos empezar nosotros por lo más cercano y visible, hidrocarburos y minerales, pero el mundo entero podría castigar el daño ambiental, la contaminación, la deforestación, imponiendo rentas que desalienten su abuso y distribuyan lo recaudado entre todos.

Ese es el futuro y no está tan lejos como creemos. Aquí y ahora podemos dar un primer paso que, como dije, es además imprescindible si queremos romper el círculo perverso en el que estamos entrampados. Este comentario no es una crítica al libro. Es una demostración de su enorme utilidad, pues provoca a pensar en un futuro mejor.

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