La noche previa

IMG_4011Texto: Narciso Campero
Contexto: Roberto Laserna
La Guerra del Pacífico se ha convertido poco a poco en un verdadero trauma nacional. No fue siempre así. Tal vez ello se deba a que la memoria de lo ocurrido realmente en esos años ha sido reemplazada por versiones y relatos que resaltan ciertos hechos, como los heroicos por ejemplo, y esconden otros, tal vez menos interesantes o más prosaicos.
De hecho, en la historia escolar la guerra se concentra en la ocupación de Antofagasta y la defensa de Calama, de donde emerge la figura máxima de Eduardo Abaroa, que muere sin rendirse frente a un enemigo superior en número y capacidad de fuego. A veces se menciona la batalla del Alto de la Alianza, que destaca el heroísmo del Batallón Colorados, y luego viene el relato de los hechos consumados: los tratados, los ferrocarriles, las nuevas reivindicaciones.
Pero es importante acercarnos a los hechos tal como los vivieron los protagonistas, porque eso permite recuperar una perspectiva que se fue disolviendo en el tiempo a medida que se sobreponían nuevas narraciones.
De la Batalla del Alto de la Alianza, librada un 26 de mayo de 1880, existe una notable versión de primera mano, escrita por su protagonista principal, el Gral. Narciso Campero, que comandó las fuerzas aliadas en su calidad de Presidente de Bolivia.
En enero de 1880 Campero había sido nombrado presidente por el congreso luego de que éste removiera del cargo a Hilarión Daza. La situación de guerra fue determinante para ello, ya que no fue difícil acusar a Daza de haber provocado la guerra sin prepararla, y presentar al mismo tiempo a Campero como el militar necesario, ya que en su carrera había participado en batallas reales en el norte de África, cuando se formaba en la academia militar de Francia, así como en la batalla de Ingavi, comandada por José Ballivian. Tenía un gran prestigio militar. El 19 de abril de 1880, pocos meses después de asumir la presidencia, llegó a Tacna, donde se iban concentrando los dos ejércitos en guerra. Su llegada fue recibida con alivio incluso por los oficiales peruanos, que no vacilaron en cederle el mando.
La batalla se iba preparando desde hacia varias semanas. Los chilenos concentraban armas y soldados para ocupar Tacna, y Bolivia y Perú hacían lo mismo para evitarlo. Los dos ejércitos estaban separados por una planicie desértica llamada Ínti Orcko y habían acampado en quebradas que podían protegerlos de ataques sorpresivos. Ambos intuían que el enfrentamiento sería crucial. Los aliados ocupaban posiciones aprovechando las ventajas del terreno para el ataque al que los chilenos parecían obligados.
En las semanas previas se habían producido varias escaramuzas y en todas ellas salieron mal librados los aliados. Estaba cada vez más claro que el enemigo se había recuperado de las primeras derrotas de la guerra y estaba mejor armado, con equipamiento uniforme y un eficaz sistema de aprovisionamiento.
Leamos el relato del gral. Campero, expuesto en el parte de guerra que presentó al Congreso:
Decidí efectuar la marcha en aquella misma noche (25 de mayo) y caer sobre el enemigo al amanecer, procurando tomarlo de sorpresa, no dándole tiempo para desplegar en batalla sus masas y quizás aún impedirle aprovechar de sus dos elementos más poderosos, su caballería y artillería, cuya acción podía inutilizarse sólo con una sorpresa afortunada. Comuniqué mi pensamiento a los señores Montero y Camacho, quienes lo aprobaron con entusiasmo, conviniendo con mis ideas.
“Acordado el plan, se tomaron las medidas convenientes, y se emprendió la marcha a las doce de la noche con admirable precisión y silencio, conservando todo el ejército el mismo orden de batalla y guardando las distancias necesarias para poder formar la línea con la rapidez posible al acercarse al enemigo, el que no podría dejar de emplear un tiempo muy largo en desplegar sus fuerzas, por lo mismo que eran tan numerosas. Pero desgraciadamente, al cabo de dos horas de viaje, principió a notarse cierto desconcierto e indecisiones en la marcha. Los coroneles Camacho y Castro Pinto me hicieron advertir sucesiva y contradictoriamente que nos inclinábamos demasiado según el uno a la derecha y según el otro a la izquierda. Ordené que se reunieran los guías de ambas alas y el que dirigía el centro, y que examinaran conjuntamente la situación en que nos encontrábamos y la dirección que debíamos seguir. Después de una larga discusión entre ellos, manifestaron que estaban inciertos, que no podían ponerse de acuerdo sobre nuestra posición ni mucho menos orientarse, a causa de la densa niebla que cubría el espacio y nos envolvía ya por todas partes. En este estado noté que el desorden se había mayor y que varios cuerpos aún habían perdido sus posiciones , apareciendo algunos de la derecha en la izquierda. Ordené que se hiciera alto, y temiendo en estas circunstancias un encuentro con el enemigo , que nos hubiera ocasionado un desastre irremediable, siendo nosotros los sorprendidos en lugar de sorprenderlos, resolví volver al campamento, enviando algunos individuos por delante, a fin de que se encendieran allí algunas fogatas que nos guiaran. Hecho esto se verificó la contramarcha y llegamos al amanecer del 26, ocupando todo el Ejército las mismas posiciones que antes”.
Seguramente agotados por esa frustrante caminata que consumió toda su noche, con hambre y sed, los soldados escucharon los clarines de alerta: los chilenos atacaban.
La batalla fue sangrienta. Ese día murieron cerca de 3 mil soldados y otros tantos cayeron heridos. El resultado para la alianza peruano-boliviana fue desastroso. Los más audaces, como el Cnl. Eliodoro Camacho, terminaron heridos y prisioneros. Muchos dejaron sus vidas en el campo, como los Colorados, que se negaron a obedecer la orden de retirada. Al final, agotadas las municiones y siendo clara la victoria chilena, las tropas se retiraron. Los peruanos se fueron hacia Puno. Campero, con lo que quedaba del ejército boliviano, se retiró hasta La Paz, para no volver a combatir en el resto de la guerra.
Un año después, el ejército chileno ocupó Lima y en 1883 puso fin a la guerra con el Tratado de Ancón. Al terminar el mandato presidencial de Campero, en 1884, su sucesor, Gregorio Pacheco, firmó un pacto de tregua con Chile, que sentó las bases del Tratado de 1904. Tacna siguió bajo ocupación chilena hasta 1929.

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