El premio laboral

La política salarial del gobierno, persistente desde el 2006, está logrando que poco a poco PremioLaboraldesaparezca el premio laboral. Esto daña a los trabajadores, también a las empresas y por tanto, a largo plazo, a toda la economía.

Entendemos por premio laboral el que obtienen los trabajadores cuando acumulan antigüedad, ganan experiencia, desarrollan nuevas capacidades y aumentan su contribución al trabajo de sus compañeros y al desenvolvimiento de las empresas. Nadie quiere ganar lo mismo toda la vida. Cuando uno empieza suele aceptar salarios bajos porque confía en que, a medida que pase el tiempo, obtendrá premios a su esfuerzo. En algunos casos este premio se dará en forma de ascensos a nuevos cargos, en otros, mediante cambio de empleos en nuevas empresas o instituciones donde su experiencia será más valorada, y en no pocos, mediante la creación de empresas nuevas en las que pueda aplicar sus destrezas y conocimientos. El premio laboral alienta la superación técnica y profesional, la dedicación y el compromiso, y obviamente genera satisfacciones, pues quienes lo obtienen están comprobando que su esfuerzo tiene el reconocimiento que merece.
Para los empresarios y administradores es también muy importante el poder premiar a los trabajadores más esforzados y productivos, no solamente como actos de justicia en sí mismos, sino también para crear una dinámica de superación y compromiso que permita fortalecer a la empresa o institución en su desempeño hacia los demás.
Pero el premio laboral se ha ido desvaneciendo en los últimos 12 años bajo el impulso igualitarista de la política salarial impuesta desde el Órgano Ejecutivo.
En efecto, el núcleo de la política salarial del gobierno ha sido el aumento del salario mínimo. Éste ha pasado de 440 bolivianos el 2005 a 2060 con el aumento decretado el 2018. Como lo destaca la propaganda gubernamental, se trata de un aumento de casi 5 veces, muy significativo por cierto. Pero si este aumento no se genera por aumentos similares en la productividad, obliga a los empleadores a estrechar la escala salarial, compensando con recortes arriba lo que se le obliga a aumentar abajo, porque sólo de esa manera puede mantener los costos acordes a las condiciones del mercado. Lo hace de muchas maneras: eliminando bonos voluntarios, reduciendo horas extras, renunciando a seguir contando con el apoyo de trabajadores antiguos o más capacitados, despidiendo o evitando contratar personal. El resultado es que el rango de salarios, la diferencia entre el mínimo y el máximo, se va haciendo más pequeño.
Esto es exactamente lo que ha venido sucediendo. Para ilustrarlo calculamos la relación entre el salario promedio y el mínimo decretado para los 12 últimos años.
El 2005 un trabajador promedio, es decir de antigüedad, formación y capacidad promedio, ganaba 5.3 veces más que el mínimo, al que podía aspirar un principiante sin experiencia ni capacidad técnica especiales. Esta relación ha caído hasta reducirse a 2.2 veces. Es decir que hoy un trabajador de antigüedad y capacidad medias solamente gana poco más del doble de lo que gana el principiante. No importan sus 10 o 15 años de antigüedad, o que en ese tiempo hubiera tomado cursos y ganando experiencia, o que tenga ahora una familia con dos o tres hijos. Su premio laboral se ha contraído severamente.
Esto mismo se refleja en los datos sobre el salario real, el que mide la capacidad adquisitiva real de los salarios. Luego de una primera etapa de contracción efectiva, el salario real se ha recuperado pero hoy, 12 años después y habiendo atravesado una bonanza extraordinaria, un sueldo promedio todavía no alcanza a comprar lo mismo que compraba el 2005.
La expansión del mercado interno, el boom de exportaciones e importaciones y la multiplicación del gasto público no han llegado a los bolsillos de los trabajadores. Ello se debe en parte a la política salarial, que ha conseguido una mayor igualdad pero a costa de haber reducido el premio laboral.
Los trabajadores están perdiendo la posibilidad de mejorar sus condiciones de vida a través del trabajo, y los empleadores la posibilidad de premiar el esfuerzo productivo. Esto puede tener efectos muy graves para la economía. Al desaparecer el premio laboral se promueve el conformismo y se eliminan los principales incentivos para el desarrollo. En el horizonte ya se puede ver la igualdad en la pobreza. Trabajadores y empresarios, juntos, deberían luchar por una mejor política salarial.

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