El individualismo en Bolivia

En su reciente libro, “¿Cómo somos? Ensayo 6B686896-784D-481F-94BD-861B8CA04CC2sobre el carácter nacional de los bolivianos”, Henry Oporto sostiene que uno de los rasgos fundamentales del boliviano es el individualismo. Esta idea contradice frontalmente la que sostienen otros ensayistas, especialmente afines al gobierno y al pensamiento marxista, que argumentan más bien que los bolivianos somos naturalmente comunitaristas, inclinados a la acción colectiva, de cooperación y ayuda mutua. Como diría Cantinflas, ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario.

Para plantear su tesis del individualismo como aspecto fundamental del ser nacional,

Oporto acude a una importante y solvente cantidad de pruebas empíricas, y muestra que el individualismo se expresa también en la desconfianza hacia los demás y en el fortalecimiento de los lazos de parentesco consanguíneo y espiritual.

Lo que no plantea ni desarrolla es la definición que utiliza de individualismo. Ahí parece estar la clave de nuestra discrepancia. Si se define individualismo como sinónimo de egoísmo, o por lo menos de preocupación primordial por lo propio y lo cercano, como lo sugieren los datos aludidos por Oporto, sería difícil estar en desacuerdo con él. Para eso están justamente los datos.

Pero de inmediato uno tendría que preguntarse: ¿y quién no es así? La noción de familia puede ampliarse a los parientes más lejanos o reducirse al núcleo más íntimo, pero en todo tiempo y lugar ha sido la red básica de relaciones para las personas, la “célula de la sociedad” como se decía antes. Y así como proporciona el refugio primordial, así también obliga a pensar en su defensa y fortalecimiento, especialmente cuando hay momentos de crisis. No creo que algo que tiene tal universalidad pueda considerarse un rasgo distintivo del carácter nacional.

Por otro lado, si se define el individualismo como una convicción en el valor fundamental de la persona, en su racionalidad y capacidad de asumir la responsabilidad de sus actos, en la confianza en que puede lograr por sí mismo sus metas, entonces tendríamos que concluir con que los bolivianos, en general, no somos individualistas. Al contrario, tendríamos que darles la razón a los que argumentan que tendemos más bien a buscar refugio en el grupo, y no solamente en el grupo familiar, sino en el sindicato, la comunidad, la tribu, el comité o la junta vecinal. Es actuando en ellos y a través de ellos que tratamos de resolver nuestros problemas, de abrirnos camino y de encontrar oportunidades.

Este rasgo les da algo de razón a quienes proclaman el carácter colectivista de los bolivianos, pero no se acerca a la idealización con que suelen presentarlo, cuando dan a entender que en la base de ese comportamiento están la solidaridad y el altruísmo. Nada de eso, por mucho que tengamos una gran destreza en manejar ese discurso. Cuando un grupo apoya las movilizaciones de otro, rara vez lo hace por solidaridad. Más bien busca aprovechar que la fuerza del movilizado está debilitando al adversario, y se apoyan mutuamente para lograr los objetivos específicos que buscan unos y otros. Con frecuencia esa supuesta solidaridad se diluye en cuanto uno consigue lo que buscaba. Este comportamiento es sin duda colectivo, grupal, pero más que comunitarista es corporativo, fundado en intereses particulares muy concretos: una obra pública, una norma, una asignación presupuestaria.

Obviamente, este rasgo tampoco es exclusivo de los bolivianos. Es normal que los intereses comunes agrupen a la gente y la motiven a realizar acciones colectivas para conseguirlos. Si acá se la observa con más frecuencia se debe posiblemente a que es el procedimiento fundamental para influir en la distribución de las rentas de recursos comunes, controladas por un Estado institucionalmente débil. En efecto. En Bolivia sabemos que los recursos nos pertenecen a todos pero también sabemos que el Estado no nos dará lo que es nuestro a no ser que lo reclamemos, y sobre todo si es con fuerza y en las calles, y mejor si lo presentamos con un discurso que hable de nuestra pobreza, nuestra necesidad o nuestro derecho conquistado a sangre y sacrificio.

Estas rápidas descripciones permiten ver que individualismo y colectivismo, egoísmo y corporativismo, o como queramos llamarlos, no son excluyentes ni incompatibles. Podemos ser unos y otros, ¡incluso al mismo tiempo!

El tema, para abordarlo en la preocupación que animó a Oporto en su libro, es cuál de estos rasgos predomina, no solo como un tema de carácter nacional sino, sobre todo, como un obstáculo de comportamiento para el desarrollo de nuestras capacidades.

Me atrevería a plantearlo en términos de desafío. ¿Cómo podemos superar ese individualismo primitivo que nos lleva al refugio familiar para asumir un individualismo moral que nos permita desarrollar confianza en nosotros mismos y reconocer los derechos de los otros a ser diferentes? ¿Cómo superar nuestro actual corporativismo particularista para consolidar esa solidaridad abstracta que produce ciudadanía y se llama “bien común”? No tengo las respuestas, pero me parece absolutamente necesario que las busquemos.

El autor es investigador social en Ceres

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