Bolivia: Patriotismos en Agosto

E0206738-73A3-4B00-9465-376DB291A854Hoy se contraponen dos formas del patriotismo en Bolivia: el territorial, muy primitivo pero eficaz, anclado en el pasado y que se concentra en la reivindicación marítima, y el constitucional, más complejo pero que ofrece un horizonte  de futuro a la ciudadanía, la democracia. 

El patriotismo es un sentimiento de arraigo y pertenencia a una entidad colectiva que nos antecede e identifica. Esa entidad, que denominamos patria, hace referencia a muchas cosas. La más primitiva y elemental es el territorio que nuestra comunidad controla y en el que vive. La patria es el lugar de los recursos que nos alimentan y dan vida. Por eso, de la patria se vive y por la patria se muere: la defensa del territorio fue por mucho tiempo lo que determinaba la sobrevivencia del grupo. Las guerras y los ejércitos evolucionaron en torno a la patria, y al mismo tiempo la noción de patria se fue ampliando y transformando. Los gobiernos se conviertieron en los administradores de la patria, de sus recursos y de sus símbolos. 

Cuando los ejércitos se convirtieron en cuerpos más o menos estables y la dimensión de la patria se agrandó, nacieron también las instituciones políticas que conformaron los estados. La función principal de éstos es la de definir los contornos de la patria y administrar los intereses comunes que en ella desarrolla la gente. La diplomacia contribuye a definir esos contornos y, cuando no lo logra, lo hace la guerra. 

A lo largo de esa larga historia, y sobre esa referencia primordial del territorio, se van acumulando tradiciones e instituciones, relatos y personajes que hacen de la patria una referencia mucho más compleja y de dimensiones múltiples. Los símbolos y rituales cívicos resaltan algunos componentes de la patria y, por supuesto, también encubren y olvidan otros. La patria va cambiando, se aleja de esa idea original del territorio y los recursos, y se convierte en una suerte de horizonte, en un proyecto  colectivo. A veces aunando varias patrias para crear, mediante procesos de integración, otra patria. 

No hay en ese proceso una historia lineal que sea inevitablemente progresiva. Hay retrocesos y rupturas, proyectos que se disuelven y fracasan, traumas que revierten la noción de patria a ese territorio primordial en el que buscan refugio unos y otros. 

Pero sí hay componentes de esa patria horizonte que la gente resguarda y reivindica. Los derechos ciudadanos, por ejemplo, las leyes e instituciones que los defienden y garantizan, los personajes que representaron nuevos valores, los que le dieron nuevos sentidos estéticos a las personas, los que avanzaron la ciencia y la tecnología.

Estos procesos pueden observarse en todas las patrias, incluida la boliviana, por supuesto. 

Por ejemplo, si bien se formalizó la independencia con la firma de un acta el 6 de agosto de 1825, durante las primeras décadas la referencia más importante fue el 25 de mayo de 1809. Ese era el hito que resaltaba la lucha por la libertad, mientras que el otro, el más reciente, era el de la fundación de la República. A fines del siglo 19, posiblemente reflejando la creciente importancia de La Paz, la primera se fue quedando como una fecha regional mientras que la segunda ganaba relevancia. Y se le agregaban símbolos y rituales. 

El Himno Nacional, otro ejemplo, fue estrenado el 18 de noviembre de 1845 como “Canción Patriótica”, y tenia el propósito de enaltecer la batalla de Ingavi, librada en esa fecha cuatro años antes, y por supuesto el heroísmo del presidente de entonces, José Ballivián. Fue Belzu, 6 años después, que la convirtió en símbolo patrio, cambiando también los colores de la bandera. 

Las marchas militares han sido en todo lado un rito clave para recordar la importancia de los ejércitos y su papel en las guerras, y los desfiles escolares una réplica que busca hacer eco de esa parte de la historia y honrar a los militares, como parte de esa simbología patriótica.

Obviamente, las guerras contribuyen de manera decisiva a la configuración de la patria como historia y como proyecto. Las victorias reforzando el orgullo, las derrotas la compasión y el resentimiento. 

Por alguna extraña razón, en Bolivia cultivamos más la visión derrotista de la historia. Muy bien podríamos sentirnos orgullosos de haber conservado, teniendo escasísima población y en su mayoría concentrada en las montañas, un territorio inmenso de más de un millón de kilómetros cuadrados. Libramos guerras sin haber contado con verdaderos ejércitos, sin infraestructura de caminos y abastecimiento y sumidos en la pobreza. Aún así, logramos fijar fronteras sobre un enorme y rico territorio, que ni siquiera ahora logramos ocupar del todo. Pero no, preferimos la versión de las derrotas y lamentamos la pérdida de territorios que, en verdad, nunca llegamos a poseer. La narrativa histórica nos da una patria triste. 

Un lugar cada vez más importante en esa narrativa se refiere a la costa marítima. No tenemos una historia de la historia de esa guerra, pero seguramente ella nos mostraría que empezamos a construir el trauma de la mediterraneidad bien avanzado el siglo 20. Recuérdese que la ruptura de relaciones con Chile en los años 1960 no se dio por la cuestión marítima sino por el río Lauca. Los militares en el gobierno resaltaron cada vez más el tema del mar y hoy es casi el núcleo central del patriotismo. Pero también representa un descenso al origen del patriotismo, a su componente más primitivo: el territorio. Reivindicar el territorio y resentir la derrota resulta eficaz para quien pueda eventualmente administrar ese patriotismo. Pero esto también revela la debilidad de administrar los otros componentes y hasta la dificultad de proyectar un horizonte patriótico. Por lo menos de parte del gobierno, administrador oficial de la patria. 

En ese contexto, la reivindicación de los resultados del referendo del 21F, que es una demanda por el respeto a los derechos democráticos, está poniendo de relieve un componente distinto y más avanzado de la patria: el que se refiere a los derechos y las instituciones que hemos ido incorporando a lo largo de nuestra historia y que nos permite proyectar un horizonte común. Como este componente ha sido ignorado y despreciado por quien estaba encargado de cuidarlo, ha pasado a ser administrado por la sociedad, por los grupos ciudadanos. Cuando éstos levantan la bandera del 21F y corean “Bolivia dijo No!” lo que están haciendo es resaltar una dimensión más profunda del patriotismo, que algunos autores llaman patriotismo constitucional. 

Obviamente, la dimensiones territorial y constitucional del patriotismo no son excluyentes y no tendrían por qué ser antagónicas, ya que corresponden a dos planos diferentes, pero resultan siéndolo por la defección que ha hecho el gobierno de su rol de administrador y guardián de la patria, en toda su complejidad de contenidos y símbolos. Al refugiarse en el patriotismo territorial, promocionando la reivindicación marítima y violando la democracia, abandonó su responsabilidad. Lo interesante es que ello ha permitido a los grupos ciudadanos asumir un rol protagónico que al mismo tiempo de administrar los contenidos más avanzados de la noción de patria, permite a la ciudadanía apropiarse de ellos y construir una épica civil que revalorice las instituciones democráticas. 

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